Una escuela salteña abandona la elección de la reina tras el acoso a una estudiante
Bullying, ciberacoso y discriminación: el hostigamiento a una adolescente coronada llevó a una institución educativa a tomar una decisión extrema.
Los recientes episodios en Coronel Mollinedo y Joaquín V. González pusieron sobre la mesa una realidad incómoda: menores expuestas a burlas sobre sus cuerpos, hostigamiento y peleas entre adultos por una corona. Lo que se presenta como una tradición de los pueblos, cada vez se parece más a un escenario que ninguna costumbre debería sostener.
Hay tradiciones que sobreviven porque nadie se anima a hacer la pregunta correcta. Se repiten año tras año, se defienden con el argumento de que “siempre se hizo así”, y los certámenes de elección de reinas en el interior salteño parecen entrar, cada vez más, en esa categoría. Los casos ocurridos en los últimos días deberían obligar a dejar de mirar para otro lado.
Detrás de las coronas, los vestidos y los aplausos hay una realidad que no puede seguir maquillándose: se está colocando a adolescentes en el centro de una exposición pública que puede convertirse en una trituradora de su autoestima y su bienestar emocional. Cuando después aparecen los insultos, el ciberacoso o las críticas al cuerpo, la sorpresa no debería existir: sabemos cómo funcionan las redes y cómo opera la violencia sobre los cuerpos de las mujeres. Aun así, se siguen montando escenarios para que una multitud observe, compare y opine.
La discusión no apunta contra las chicas que participan, sino contra el mundo adulto que sostiene una estructura en la que ellas terminan pagando el precio. Los hechos recientes son demasiado graves como para reducirlos a “polémicas de pueblo”.
Pía y la defensa de su cuerpo
En Coronel Mollinedo, una adolescente, Pía, fue elegida reina de la Fiesta de los Estudiantes y recibió comentarios despectivos sobre su cuerpo en las redes sociales. La joven decidió responder públicamente con una frase que en una sociedad sana no debería necesitar aclararse: “Mi cuerpo no define mi capacidad, mi personalidad ni el compromiso que tengo con mi pueblo”. También escribió: “Sinceramente, las opiniones despectivas sobre mi cuerpo a raíz de haber sido elegida reina me parecen injustas y, sobre todo, innecesarias”.
Una menor de edad, después de ser coronada, tuvo que salir a defender su cuerpo. Tuvo que explicar que no ganó por una determinada contextura física y recordar que detrás de la corona hay una persona que siente. No es una anécdota ni “gente mala en las redes”: es la consecuencia de una sociedad que todavía considera legítimo poner el cuerpo de las mujeres bajo examen público.
El caso de Joaquín V. González y la decisión de un colegio
En Joaquín V. González el caso fue más lejos. Lucía, representante del Colegio Secundario N.º 5098, fue elegida embajadora estudiantil local. A partir del resultado se produjeron cuestionamientos y conflictos que, según lo informado públicamente y lo expresado luego por la institución, incluyeron hostigamiento, agresiones verbales, mensajes desde perfiles apócrifos, ciberacoso y bullying contra la adolescente.
La comunidad educativa tomó una decisión extraordinaria: a partir de 2027 no participará de la instancia local de la Elección de la Embajadora Estudiantil. No porque haya perdido ni porque no acepte las reglas, sino para preservar el bienestar, la integridad, la dignidad y la comodidad socioemocional de sus estudiantes. El comunicado denunció agresiones, daños a bienes privados, ataques contra familiares y expresiones discriminatorias y racistas. La conclusión fue contundente: “BULLYING, CIBERACOSO Y DISCRIMINACIÓN: NUNCA MÁS”.
Cuando una institución educativa decide abandonar una tradición para proteger a sus alumnos, no estamos ante un conflicto pasajero: es la evidencia concreta de que algo falló gravemente. La elección duró una noche; las consecuencias pueden durar mucho más.
¿Qué estamos evaluando cuando elegimos a una reina?
La pregunta incomoda porque obliga a revisar una costumbre arraigada. Se habla de personalidad, valores y compromiso; en algunos lugares se cambió la palabra “reina” por “embajadora” o “representante”. Pero cambiar el nombre no cambia la lógica: varias chicas son presentadas ante la comunidad, observadas, comparadas y una resulta elegida. Aunque los organizadores aseguren que la belleza no es el único criterio, el cuerpo sigue ocupando un lugar central en la conversación pública.
Mientras una adolescente sea coronada y la sociedad considere que puede debatir si su cuerpo es “adecuado” para ocupar ese lugar, el problema de fondo seguirá intacto. No alcanza con decir que las elecciones son “más inclusivas” ni con sostener que se valoran otras cualidades.
Las chicas no son el problema
Esta crítica no pretende responsabilizar a las adolescentes ni cuestionar sus decisiones. Una joven puede querer participar, disfrutar la experiencia y sentirse orgullosa de representar a su colegio. El problema comienza cuando el mundo adulto toma esa ilusión y la introduce en una estructura que puede exponerla a una competencia feroz y, en el peor de los casos, a la violencia. Las chicas no inventaron estos concursos; los adultos los sostienen.
En Joaquín V. González, una elección estudiantil dejó a una adolescente expuesta al hostigamiento. ¿Cuánto de estas disputas tiene que ver con las chicas y cuánto con los adultos que las rodean? Cuando una elección termina en ataques contra una menor porque “no era la más linda” o porque “otra merecía ganar”, la discusión dejó de ser sobre una corona. Se trata de adultos que imponen su voluntad a costa de exponer a una adolescente.
Además, se trata de adolescentes en pleno desarrollo de su identidad y su relación con el propio cuerpo. Sería irresponsable afirmar que un certamen provoca trastornos alimentarios por sí solo, pero también sería ingenuo negar que la comparación física y la evaluación permanente de la apariencia pueden profundizar inseguridades. En las redes, la exposición no termina cuando se apagan las luces: una foto puede circular durante años. La fiesta termina; la exposición, no.
Una advertencia que ya existía
Esto no es una preocupación nueva. En 2023, el Observatorio de Violencia contra las Mujeres de Salta emitió la Recomendación N.º 15/23, en la que cuestionó las elecciones de reinas con niñas, niños y adolescentes. El organismo advirtió que estos certámenes pueden reproducir estereotipos de belleza, violencia simbólica y discriminación, y propuso reemplazarlos por actividades recreativas, culturales, artísticas, sociales y deportivas con perspectiva de género y derechos.
Salta ya tuvo esta discusión antes de que explotaran los casos recientes. Entre Pía y Lucía, aunque no sean situaciones idénticas, hay un hilo que las conecta: cuando una elección pensada para celebrar a estudiantes termina poniendo sus cuerpos, decisiones o dignidad en el centro del conflicto, algo merece ser revisado.
A las chicas habría que decirles que no necesitan una corona para demostrar cuánto valen. Pueden representar a sus escuelas y a sus pueblos desde el arte, el deporte, la cultura, el liderazgo o el estudio. La juventud salteña tiene mucho más para mostrar que una apariencia. Y si una tradición necesita que una adolescente sea comparada públicamente con otras para sostenerse, es momento de preguntarse si esa tradición merece continuar de la misma manera.