Una geóloga acampaba en la cordillera y un zumbido la despertó: lo que pasó después
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Una geóloga acampaba en la cordillera y un zumbido la despertó: lo que pasó después

Una geóloga acampaba en la cordillera de Calingasta cuando un zumbido y una luz blanca lo cubrieron todo. No salió de la carpa. Lo que contó años después, entre risas y escalofríos.

Una luz que encendió la carpa como si fueran 20 reflectores juntos, un zumbido en plena madrugada y unos golpes atribuidos a un minero muerto. No es el guion de un film de terror: son los recuerdos que Natalia Marchese, hoy al frente del Instituto Provincial de Exploraciones y Explotaciones Mineras (IPEEM), repasó en una entrevista para Código Minero, por Tiempo Streaming.

La funcionaria sanjuanina trabajó casi 14 años como geóloga en exploración minera. Recorrió parajes remotos de la provincia a lomo de mula y durmió en campamentos móviles. De esa época le quedaron anécdotas que todavía cuenta entre risas y escalofríos.

La noche en que la carpa se puso blanca

El episodio más desconcertante ocurrió en Calingasta. Marchese estaba en plena cordillera con tres baqueanos y dos ayudantes de geología. Pasada la una de la madrugada, todos dormían en sus carpas cuando algo rompió el silencio del campamento.

“Se sintió un zumbido y de repente se nos puso blanco, blanco todo, pero todo. Vos tenías la carpa y era como que te hubieran prendido 20 reflectores juntos arriba, adentro de tu carpa”, relató.

El sonido y la intensidad de la luz la dejaron paralizada. Prefirió no asomarse para ver qué pasaba. “Ni salí por las dudas, pero el zumbido era muy impresionante”, confesó.

¿Había un objeto volador no identificado sobre el campamento? La geóloga no encontró explicación y tampoco afirmó haber visto una nave. “No sé si se ve una nave, pero fue raro, sí, sí, la verdad que sí”, sostuvo.

Los golpes en la mina El Salado

La segunda experiencia la vivió en otra campaña, esta vez en una vieja mina llamada El Salado, en Iglesia. Allí escuchó un ruido que parecía el de alguien golpeando un caño con un martillo.

“Estábamos de noche y se sentía ‘pin, pin’, como que estaban golpeando con un martillo un caño”, recordó.

Lo que más la sorprendió fue la reacción de uno de los baqueanos, que intentó calmarla con una explicación singular: “No, quédese tranquila, es el finadito Juan, es el finadito que era minero”. Según le contó, esos golpes se oían con frecuencia y los atribuían al trabajador fallecido.

“Bueno, digo, gracias por la información”, respondió Marchese entre risas. Aun así, admitió que todavía se le eriza la piel cuando recuerda aquella noche.

Del “chaski” de Veladero a la presidencia del IPEEM

El vínculo de Marchese con la montaña arrancó en 1997. Por entonces acompañaba a su padre, técnico minero, en los trabajos de exploración de lo que con el tiempo sería Veladero. Estudiaba el profesorado de Educación Física y manejaba la camioneta que llevaba trabajadores y materiales. Todos la conocían como el “chaski” de Veladero.

Ahí descubrió su vocación. “Veía gente que miraba piedras con su lupa, con su piqueta, y decía: ‘Ay, no, esto es lo mío’”, contó. La fascinación fue tal que dejó Educación Física cuando solo le faltaban las prácticas y se pasó a Geología. “Casi me matan en mi casa”, bromeó.

Ya recibida, trabajó casi 14 años en exploración para Barrick, con campañas de 18 días en la cordillera y 10 de descanso. Más adelante dejó ese ritmo para formar una familia y ser madre. Después llegó al IPEEM, pasó por el Consejo Minero y terminó presidiendo el organismo.

Las expediciones quedaron atrás, pero la pasión sigue intacta. “La geología es un hermoso trabajo, pero más que nada es una pasión”, aseguró.

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