Una madre científica descubrió un secreto del mar que salvó a su hijo de una enfermedad rara
¿Puede un animal marino que estudias toda tu vida convertirse en la cura para lo más preciado? La increíble historia de una investigadora que desafió lo imposible para salvar a su bebé.
Una bióloga enfrentó la enfermedad autoinmune de su bebé con un hallazgo sorprendente que nació de su propio trabajo científico. Tamara Rubilar, investigadora del Conicet, vio cómo su hijo sufría vómitos con sangre y no crecía, lo que la llevó a buscar una alternativa a los corticoides que le preocupaban por sus efectos a largo plazo.
La historia comenzó en 2012, cuando su bebé de seis meses empezó a presentar síntomas alarmantes durante un viaje en micro desde San Luis. “Vomitaba de un modo que asustaba. Era con sangre y diarrea. Así nace nuestra pesadilla”, recordó Rubilar. El niño, cuyo nombre ella reserva, ahora tiene 13 años.
Después de semanas de análisis en el Hospital Pedro de Elizalde (Casa Cuna), los médicos detectaron que el bebé tenía el sistema inmune hiperactivo y le faltaba una población completa de glóbulos blancos. Aunque no había un diagnóstico con nombre específico, le indicaron globulina, budesonida y una dieta especial.
¿Cómo una científica se convirtió en detective de la salud de su hijo?
Rubilar, CEO de Promarine Antioxidants y directora del Laboratorio de Química de Organismos Marinos de la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco, no se conformó. “Cuando llegué me puse a leer los efectos secundarios de lo que recibía mi bebé. Los corticoides, a muy largo plazo, podían traerle complicaciones”, explicó.
Empapada en papers y congresos, entendió que se podía bajar la inflamación intestinal con moléculas específicas: los antioxidantes. Primero probó con extractos de frambuesas y berries, pero provocaban alergias en la piel del niño. Luego encontró la astaxantina, un antioxidante natural de microalgas, que aliviaba los ruidos en su panza.
La casualidad llegó cuando un colega brasileño, Renato Ventura, le envió un paper en ruso sobre un poderoso antioxidante que también modulaba el sistema inmunológico. Con la ayuda de su madre, de origen ruso, descubrió que la molécula provenía del erizo de mar, justo el animal que ella estudiaba.

¿Qué pasó cuando conectó con investigadores en Siberia?
Rubilar contactó a los autores del paper, quienes trabajaban en un instituto de Siberia que desarrollaba suplementos incluso para astronautas. Les explicó su situación y su trabajo con erizos. “Tenemos que ver si ese erizo tiene la molécula o no”, le respondieron.
Le enviaron un protocolo sencillo para que mandara muestras. Ella extrajo el erizo chubutense y lo envió en una cajita de bombones. La respuesta fue positiva: contenía la molécula equinocromo, de muy buena calidad. “Todo lo más costoso ya estaba hecho”, destacó sobre los estudios previos de seguridad y eficacia.
Con la ayuda de su marido, quien recolectaba los erizos del mar, empezó a producir extractos en casa. “Lo primero que pasó es que al mes dejó de haber sangre en el pañal. Decís ‘es por acá'”, relató. Luego, la piel atópica del niño mejoró, dejó de vomitar y los broncoespasmos se distanciaron.

¿Cómo transformó este hallazgo personal en una innovación científica?
Hoy, su hijo de 13 años solo toma erizos de mar. Este éxito personal la llevó a fundar en 2021 una start-up, la primera empresa de base tecnológica del Conicet en la Patagonia. En 2023 lanzaron al mercado cuatro suplementos dietarios antioxidantes en base a erizos de mar.
Los productos se indican para mujeres mayores de 45 años que buscan más energía y para deportistas amateur que quieren mejorar su rendimiento. Además, Rubilar está investigando aplicaciones en mialgias, enfermedades autoinmunes y neurodegeneraciones como Parkinson y ELA, donde han reportado mejoras en la deglución.
Un avance clave ha sido la sustentabilidad: ahora extraen la molécula de las huevas del erizo sin matarlo. “Con 1.000 animales logramos 3.450.000 dosis. Antes, para obtener esa cantidad hubiera tenido que matar 1.400.000 erizos”, explicó.

“Este fue mi gran hallazgo”, enfatizó Rubilar. “Siempre fui una persona de ir por la solución. De hacer. No quedarme quieta o paralizada frente a las dificultades”. Su hijo ahora le dice: “Yo la pasé mal, pero ahora podemos ayudar a muchos”.
La bióloga, que vive en Madryn pero viaja frecuentemente a Córdoba y otros lugares, siente que después de casi una década enfocada en ser madre y científica, llegó el momento de centrarse en sí misma. Sin embargo, nunca dejará de ser la mujer que curó a su hijo con un descubrimiento que nació del mar.