19 agosto 2019
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Monteros

Una milagrosa historia de amor y fe

Un amor de adolescencia que se hizo fuerte, gracias al apoyo que siempre tuvo de su pareja, Daniel Ramírez, con quien llegó luego a casarse.

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Gisela María del Valle Espíndola tenía 15 años cuando quedó embarazada, y aquel fuerte impacto que sintió a tan corta edad, la obligó a mirar dentro de sí y pensar lo que quería para su vida. Un amor de adolescencia que se hizo fuerte, gracias al apoyo que siempre tuvo de su pareja, Daniel Ramírez, con quien llegó luego a casarse.

En su tierra natal de Capilla del Monte (Córdoba) empezaron los controles de embarazo, hasta que surgieron algunos problemas. Los primeros diagnósticos realizados a Gisela daban cuenta de una malformación del bebé que llevaba en su vientre, habían detectado anomalías en el líquido amniótico del feto. Los estudios médicos continuaron luego en otros centros de diagnóstico tanto de la capital cordobesa como de La Falda, que daban cuenta de resultados adversos al desarrollo normal del feto.

La abuela de Gisela, Ana María, ponía sus manos en la panza de su hija y la calmaba. Oraba, nunca paraba. Siempre la sostuvo la fe, y esa fue la fuerza que transmitió a su hija.

“Siempre le decía a mi hija que tuviera fe –comentó Ana María a EL LIBERAL– las médicas del Hospital Municipal Américo Luqui de Capilla del Monte (donde trabaja en el área administrativa) me conocían de hace mucho tiempo, y me aconsejaban que mi hija abortara porque iba a tener una criatura malformada. Gisela lloraba, seguimos adelante y le dije: ‘Hay que aceptar la vida que Dios nos da’, después se verá lo que podamos hacer, decía yo, pero siempre pensando en que todo podía tener una solución”, recuerda.

Una mañana, Ana María se fue a trabajar y Gisela quedó en la casa a cargo de los quehaceres domésticos hasta que regresara su madre. Se tocó la panza y cuando se puso a tender la ropa, la sorprendió un fuerte viento que arrastró hasta su casa las hojas y un pedazo de papel se posó sobre sus pies. Cuando lo levantó para tirarlo al tacho de basura, le prestó atención al contenido, y vio que se trataba de una hoja de un diario que graficaba sobre la multitudinaria fiesta del Señor de los Milagros de Mailín.

“Cuando volví de trabajar –cuenta Ana María–, la encontré a mi hija llorando. Había prendido una velita al recorte del diario porque pensó que era una señal, entonces le empezó a pedir al Señor de Mailín estar mejor con su bebé”.

“Yo siempre decía que lo que tenga que pasar, va a pasar –prosiguió– y hasta pensaba en optar por una cirugía si el bebé nacía con alguna malformación. Después cambiamos de médicos, pero siempre oramos”.

En el cuarto mes de embarazo, las ecografías seguían siendo negativas a las expectativas de la familia, y en el quinto mes, cuenta la abuela de Gisela: “volvimos a cambiar de centro de diagnóstico por imagen, y ahí la médica le dijo a mí hija: Tú bebé no tiene labio leporino, no tiene hidrocefalia, y seguía enumerando algunas enfermedades que podían ser factibles. De repente, le dijo a mi hija que se quedara tranquila y que le agradezca a Dios por todo lo que yo había peleado por ella, porque la criatura por nacer estaba perfectamente bien, cuando todos los anteriores estudios daban un mal diagnóstico”.

Durante ese tiempo, la familia estaba con la intriga si el bebé por nacer sería varón o nena. “Unas semanas antes de que naciera, le seguía pidiendo la gracia a Nuestro Señor de los Milagros de Mailín”, comenta, hasta que un buen día llegó el momento, y se supo que sería nena.

Milagros Mailín Ramírez nació hace 18 años, un 4 de julio del 2001, y su llegada al mundo fue una felicidad incomparable para la familia. “Cuando nació mi nieta, le hicieron los estudios a nivel neurológico, cardiológico, y no encontraron ninguna falla. Mis compañeros del hospital no lo podían creer. Y yo dije que para Dios nada era imposible”, comenta orgullosa Ana María, y hasta el día de hoy, sorprendida por todo lo ocurrido: “habiendo tenido esa malformación durante los primeros meses, no entiendo cómo desapareció después. Para mí fue un milagro, a partir de ahí, nuestra fe se acrecentó mucho más”, recalcó Ana María, quien actualmente se desempeña como ministra de eucaristía de la iglesia Católica y vice coordinadora de la Renovación Carismática, en Capilla del Monte, de la Diócesis de Cruz del Eje de Córdoba.

Ahora, Milagros tiene 17, y está a punto de cumplir 18 años. Recién a los 5 años, su familia la llevó hasta Mailín como muestra de agradecimiento, y aquella vez pararon en la casa parroquial donde conocieron al entonces rector del santuario “Roly” Tenti, con quien entretejieron una linda amistad.

Milagros Mailín tiene actualmente una vida normal, asiste a la escuela secundaria de Capilla del Monte (Córdoba) y comparte gran parte de su vida con sus amigos, y su único hermano: Lucas, de 13 años. En abril de este año, retornó con su familia al templo de Mailín, a tomar gracia por los favores recibidos, un hecho que marcó a fuego a Gisela y a toda su familia.

“Yo siempre le habló del tema–explica Ana María sobre el milagro ocurrido con su nieta–, y creo que en el futuro, Milagros Mailín tiene un testimonio muy fuerte para contar en algún momento, cuando crea oportuno”.

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