Vendía una docena de empanadas por día en una cancha: hoy factura con dos fábricas en Panamá
Economía

Vendía una docena de empanadas por día en una cancha: hoy factura con dos fábricas en Panamá

Tenía 40 empleados y dos restaurantes en Panamá. La pandemia le borró US$600.000 y casi todo lo que había construido. Lo que hizo después con las máquinas que le quedaron es la parte que nadie se esperaba.

Marcelo Contreras tenía 40 empleados, dos restaurantes de carnes y una fábrica de empanadas en Panamá. Cuando llegó la pandemia, perdió unos US$600.000 y cerró casi todo. Lo único que conservó fueron las máquinas. Cinco años después, el tucumano vuelve a estar de pie: tiene dos fábricas, un restaurante y una cafetería bajo la marca Caminitos.

“Siempre se puede volver a empezar. Me puedo volver a caer y me voy a volver a levantar. Solo tengo que seguir trabajando”, dice este hombre de 51 años que aprendió a golpes que el camino nunca es recto.

De La Tuna a Buenos Aires

Nació en agosto de 1975 y se crió en el campo tucumano, en La Tuna, donde terminó la primaria. Todos los días caminaba cuatro kilómetros para llegar a clase. Su abuelo, que lo crió, fue también quien le enseñó el valor del trabajo.

A los 16 años conoció la electricidad y, poco después, empezó una vida marcada por los viajes y los empleos. A los 17 se mudó a Buenos Aires: fue cadete en un supermercado y después entró a la cadena de cafeterías Tentissimo. Arrancó como ayudante general y terminó como hornero, encargado de turno, encargado de local y supervisor de tres sucursales. En los ocho años que estuvo ahí participó de la inauguración de 14 locales.

La crisis de 2001 y el regreso a Tucumán

La crisis de 2001 le cambió el rumbo. Se fue a Costa Rica, donde consiguió trabajo y vivienda gracias a los contactos de su antiguo jefe. Años más tarde volvió a Tucumán para acompañar a su padre, gravemente enfermo. Renunció a su empleo y pasó cinco meses con él hasta su muerte.

“Estaba sin trabajo, sin padre y sin plata y con una hermosa deuda personal y de las tarjetas de crédito de mi novia”, recuerda. Ahí, cuando todo parecía derrumbarse, la empanada apareció como herramienta de supervivencia.

Una docena por día en una cancha de fútbol

Se instaló en Venezuela con quien entonces era su pareja y empezó a preparar empanadas. Su objetivo era devolverle a su novia el dinero con el que lo había ayudado durante la enfermedad de su padre. El pequeño negocio creció: al año y medio ya había pagado sus deudas y ambos habían comprado un auto.

Pero Contreras decidió mudarse otra vez. Se fue a Panamá y volvió a empezar de cero. “Vendía una docena por día, a veces dos”, cuenta. Primero las comercializaba en la cancha donde jugaba al fútbol y después en un pequeño local. Con el tiempo sumó facturas y medialunas. Todo lo que había aprendido en sus años de cafetería le sirvió para armar su propia empresa.

El golpe de la pandemia

En 2020 tenía dos restaurantes especializados en carnes y una fábrica de empanadas. Después llegó la pandemia. “Quebré completamente; perdí unos US$600.000, cerré los restaurantes y pasé de tener 40 empleados a trabajar solo con una persona”, repasa. Lo único que quedó en pie fueron las máquinas.

Su recuperación, dice, se basó en la “confianza”. Empresarios que lo conocían le facilitaron maquinaria nueva sin exigirle un pago inicial. El dueño de un local lo convenció de abrir una cafetería y acordó cobrarle el alquiler recién cuando el negocio empezara a generar ganancias.

“Gracias a Dios y al esfuerzo de las personas que están conmigo y a dueños de otras empresas que creyeron en mí, pude reiniciarme”, enfatiza. Hoy tiene una fábrica de empanadas, una fábrica de pan, un restaurante y una cafetería.

Acuerdos a mano y números concretos

Según Contreras, buena parte de los acuerdos que le permitieron reconstruirse fueron “estrechando la mano”. “No he dado ningún dólar de anticipado”, afirma. La inversión inicial para abrir su primer negocio fue de US$10.000.

Para quien quiera instalar una fábrica como la suya en Panamá, calcula que hoy se necesita un mínimo de US$50.000. También recomienda contar con asesoramiento local para lidiar con permisos, impuestos, seguros y trámites.

El sabor argentino que buscan los panameños

En Panamá hay una fuerte comunidad argentina y muchos profesionales panameños conocen la cultura del país por haber estudiado en él. Médicos, policías y otros profesionales que pasaron por universidades argentinas se convirtieron en parte de su clientela: “Venían buscando un pedacito de la Argentina en Panamá”.

Contreras trabaja “de lunes a lunes” y, desde la pandemia, todavía no se tomó unas vacaciones pagadas por su propia compañía. Bromea con que alguna vez trabajó “25 horas, 28 horas” en un día. Para él, la cuenta es simple: seguir trabajando.

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