Vendió el auto, compró un colectivo destruido y hoy vive adentro en las sierras
Una pareja vendió el auto y compró un colectivo sin motor por $50.000. Lo que construyeron adentro, en medio de las sierras, sorprendió a todos.
Franca Pucheta y su marido, Fernando, no tenían plata para construir una casa en el Valle de Calamuchita. Pero sí tenían un terreno, un auto para vender y una idea que ya habían probado antes: reciclar un vehículo y convertirlo en vivienda.
Así fue como terminaron comprando un colectivo abandonado por $50.000, sin motor y en pésimas condiciones, que con el tiempo se transformó en el hogar donde criaron a sus dos hijas. Hoy, cinco años después, la familia se mudó y el lugar funciona como alojamiento turístico.
De la combi al colectivo: la semilla de la idea
Antes de la pandemia, la pareja ya había convertido una combi en motorhome y recorrido Argentina y Uruguay. Esa experiencia les sirvió para animarse a un proyecto más grande.
En 2021 vendieron un auto y destinaron sus ahorros a comprar un lote en el valle cordobés. Cuando se quedaron sin dinero para levantar una casa tradicional, decidieron buscar una alternativa económica. La encontraron en un desarmadero: una unidad sin motor, destruida y con daños estructurales.
Trasladarla hasta el terreno fue una odisea. El eje estaba roto, las ruedas no giraban bien, el parabrisas se desprendió en el camino y la grúa cayó en un pozo, dejando el colectivo varado antes de llegar.
Manos a la obra: cuatro meses de trabajo intenso
Ya instalado, empezó la transformación. Primero limpiaron años de suciedad, sacaron las butacas y trataron la estructura contra el óxido. Después repararon los agujeros de la chapa, colocaron aislamiento térmico y revistieron paredes y techo con madera.
“Fue todo a pulmón”, contó Franca. Aprovecharon sus conocimientos previos y recurrieron a tutoriales de YouTube para las tareas que no dominaban. En unos cuatro meses completaron las reformas principales y se mudaron.
Una casa de 33 metros cuadrados con todo lo necesario
El colectivo tiene unos 33 metros cuadrados habitables. La distribución incluye un living-comedor con cocina integrada, una habitación para las dos hijas y un dormitorio principal. Los muebles fueron hechos a medida para aprovechar cada rincón: una cucheta y espacios de guardado en el cuarto de las chicas, y ambientes organizados para cocinar, comer y descansar en el sector social.
La vivienda funciona de manera casi autónoma: pozo de agua propio, paneles solares y gas envasado. Al principio usaban un baño seco y una ducha en una estructura aparte. Con el tiempo, cuando la economía familiar mejoró, construyeron un baño convencional de cemento conectado al colectivo.
El aislamiento térmico fue uno de los grandes desafíos por la estructura metálica. Para climatizarlo incorporaron un aire acondicionado frío-calor y un calefactor de tiro balanceado.
Un deck, más terreno y una habitación extra
Con los años ampliaron el espacio exterior. Construyeron un deck de madera de unos tres metros de ancho por diez de largo, que funciona como extensión de la casa y lugar de reunión con amigos.
También compraron el lote vecino y agrandaron el terreno original: pasó de 1.000 a unos 3.500 metros cuadrados. Además levantaron una habitación de cemento de cuatro por cuatro metros, destinada al dormitorio principal y a un espacio de trabajo.
Para integrar el colectivo al paisaje serrano, revistieron la fachada con madera y troncos. En los senderos y sectores del parque usaron restos de corteza y madera que consiguieron a bajo costo en madereras de la zona.
El resultado es una vivienda que desde afuera se mimetiza con el entorno natural y donde la estructura original del colectivo ya casi no se nota. El proyecto también les enseñó sobre soluciones para casas alejadas de los servicios tradicionales, como los sistemas de tratamiento de aguas residuales.
Con información de TN
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