Vendió su moto y se fue a Brasil: la historia del jujeño que empezó de cero en Río de Janeiro
¿Qué se necesita para dejar todo y empezar de nuevo en otro país? Lucas Castillo, un jujeño de 26 años, vendió su moto y viajó a Brasil sin trabajo. Su historia de superación y adaptación te va a inspirar.
Lucas Castillo tenía 26 años, un trabajo estable y una moto que era parte de su vida. Sin embargo, decidió cambiar todo: vendio su vehículo, armó un bolso y viajó a Río de Janeiro sin saber de qué iba a vivir. Su historia, contada en primera persona, refleja la valentía de quien deja todo atrás para intentarlo en otro país.
Antes de partir, Lucas trabajaba como preventista en Jujuy, recorriendo localidades como San Pedro, Yuto, Fraile Pintado y Libertador General San Martín. Disfrutaba del contacto con la gente, pero sentía que necesitaba probar suerte en otro lugar.
De San Pedrito a la ciudad carioca
Nacido en el barrio Santa Rita y criado en San Pedrito, Lucas recordó cómo consiguió su primer empleo: se presentó en una empresa asegurando que tenía una reunión con el jefe, aunque solo quería entregar su currículum. Volvió al día siguiente, insistió y finalmente logró ser recibido. Esa actitud le enseñó que, a veces, hay que animarse y ser insistente.
Esa misma determinación lo llevó a tomar la decisión más grande de su vida: emigrar. Para financiar el viaje, vendió su motocicleta, un objeto con gran valor personal. Su plan inicial era conocer varios lugares, y Río de Janeiro sería solo una parada.
La ciudad no le era del todo desconocida. Años atrás había viajado a Brasil como misionero y había aprendido parte del idioma con libros religiosos, canciones y la imitación de acentos. Al volver, lo hizo con otra mirada y con el objetivo de construir una vida independiente.
“Si no teníamos trabajo, nuestro trabajo era buscar trabajo”
Al llegar a Río, se alojó con un amigo. Con sus ahorros recorrió la ciudad, pero sabía que debía encontrar ingresos rápidamente. Había hecho un curso de barista y quería trabajar en una cafetería, aunque no recibió respuestas inmediatas. Fue entonces cuando le dijo a su amigo: “Si no teníamos trabajo, nuestro trabajo era buscar trabajo”.
La oportunidad surgió en la playa, cuando un hombre le ofreció trabajar al día siguiente. Aunque no era el puesto soñado, aceptó y comenzó a vender caipiriñas a los turistas. Al principio sintió miedo de cómo reaccionaría la gente, pero pronto usó su personalidad, humor y facilidad para comunicarse como herramientas.
Encontró su lugar en la arena
En sus primeras jornadas observó a los demás y desarrolló su propio estilo. Además de servir bebidas, conversaba con los turistas, recomendaba lugares y compartía datos sobre Río. Su portugués, aprendido desde adolescente, fue clave para integrarse.
Con el tiempo, sumó música, la bandera argentina y camisetas de Gimnasia de Jujuy. Así construyó una identidad única en una playa donde conviven trabajadores de varios países. “Me encanta hablar, conocer a la gente y compartir la cultura. También me gusta ayudar a quien llega a Río para que le vaya bien”, expresó.
Emigrar no es solo escapar
Lucas sostiene que irse del país no garantiza que los problemas desaparezcan. Implica volver a empezar, asumir riesgos y aceptar trabajos diferentes a los imaginados. También cuestiona la idea de que solo se puede cambiar de vida a los 18 o 20 años: él se fue a los 26 y cree que no hay edad exacta para nuevos proyectos.
“Emigrar es empezar todo de cero. No se trata solamente de escapar de una situación económica, sino de volver a dibujar tu vida”, reflexionó.
Dos años después de su llegada, regresó temporalmente a Jujuy con una historia marcada por la búsqueda de oportunidades, la adaptación y el deseo de seguir conociendo lugares.