Venía corriendo al Chevy 51 por cuatro cuadras: el pedido que lo dejó sin palabras

Un hombre lo persiguió cuatro cuadras por la calle hasta alcanzarlo en un semáforo. No quería un autógrafo ni una foto: le pidió algo que Eduardo Andreu nunca había hecho con su Chevy 51.

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Venía corriendo al Chevy 51 por cuatro cuadras: el pedido que lo dejó sin palabras
Venía corriendo al Chevy 51 por cuatro cuadras: el pedido que lo dejó sin palabras

Eduardo Andreu y su hijo Juan Cruz, de 11 años, comparten el asiento delantero de un Chevrolet Styline de 1951 restaurado hace unos 35 años. El auto, que era de un familiar suyo, se convirtió en el eje de una pasión que atraviesa generaciones y que los lleva a recorrer las rutas de la provincia cada fin de semana.

"Este coche está restaurado hace unos 35 años, era de un familiar mío. Quedó en la familia, que es algo importante para verlo y seguir cómo se mantiene bien, que se conserva y que se usa", contó Andreu.

Cómo nació la pasión por los fierros

El gusto por los objetos de época apareció mucho antes que los autos. De chico, Eduardo juntaba estampillas, monedas antiguas y radios. Su padre, en cambio, estaba lejos de ser un aficionado a los vehículos de colección.

"El coleccionismo es un bichito que uno lo tiene a veces quizás dormido adentro y creo que con el correr del tiempo se va despertando", aseguró. Y agregó: "Ya de chiquito me gustaban las cosas antiguas, cosas de niño: juntar alguna estampilla, monedas antiguas o alguna que otra radio. Yo creo que el diseño de las cosas antiguas difiere mucho de la actualidad y estaban muy desarrolladas, se valoraban mucho el diseño y la belleza de la pieza, ya sea desde una moneda hasta un coche o un avión, incluso un farol".

Con los años, ese interés fue creciendo hasta que decidió incursionar en los coches. Así apareció el Chevy 51, su primer clásico.

El Styline que se lleva todas las miradas en Rosario

El modelo es un Chevrolet Styline de 1951 de cuatro puertas. Según explicó Andreu, llegaron muchas unidades al país por un incentivo del gobierno de esa época para fomentar la movilidad con taxis, por lo que se empezaron a importar desde Estados Unidos. También ingresaron versiones de dos puertas, coupé, Fleetline (con cola más larga y distinta luneta) y algunos Cadillac.

"Siempre me gustó el estilo de los coches y las motos de los 50. Le insistí a un primo que lo trajo desde Buenos Aires y lo puso en venta, hasta que accedió a vendérmelo. Así llegó a mis manos. Le hice algunos ajustes en lo estético, en la mecánica y en la seguridad para que sea confiable", relató.

Cuando circula por las calles rosarinas, el auto no pasa desapercibido. Incluso quienes pasean por el parque Alem se dan vuelta para mirarlo. "Mi historia y la del coche es más reciente. Si bien tiene su recorrido, no tuvo muchos propietarios, soy el cuarto. Tiene mucho valor sentimental por lo que es compartirlo en el día a día con mi hijo", indicó Eduardo.

Un auto que sale a la calle y se comparte

Lejos de quedar guardado en una cochera, el Chevy participa de juntadas solidarias, encuentros y rally de regularidad. Para los Andreu, la gracia está en que la gente lo vea y lo disfrute.

"El coche sale constantemente a todos los eventos: juntadas solidarias, encuentros y rally de regularidad. Lo bueno de todo esto es que se lo puede disfrutar con la familia y con los niños, eso quiere decir que va a seguir bien cuidado, mantenido y compartido con la sociedad. Uno quiere que la gente lo vea, que conozca, que charle, que se interiorice. Creo que es la parte más linda del coleccionista, poder compartirlo y que no se deje guardado", subrayó.

Andreu integra el club Rosario Autos Sport, donde la consigna es la misma: que los coches salgan y se compartan. "Somos muy fanáticos de que el coche salga, se vea, sea compartido y, si es en un encuentro con fines solidarios, mejor todavía", valoró.

Sobre los rally de regularidad, destacó que se trata de una competencia entretenida que se hace con conciencia y respetando todas las normas de tránsito. Todos los coches de la agrupación llevan su chapa histórica. "Esto es una puesta en valor del vehículo y un reconocimiento a la familia que lo sostuvo, lo mantuvo y lo restauró en algunos casos durante mucho tiempo", explicó.

El desafío de manejar un vehículo de esa época es concreto: "Un vehículo de estos años no frena ni dobla como un coche nuevo, debe tener su seguridad, sus frenos, sus luces, todo lo reglamentario adecuado a la época del coche. La regularidad es prevención y es seguridad vial, sirve de aprendizaje porque las referencias son carteles indicativos. Los niños aprenden sobre señalización".

Padre e hijo, compañeros de ruta

Juan Cruz tiene 11 años y cumple un rol clave en cada competencia: maneja los cronómetros, las calculadoras, las planillas, los tiempos y toma las referencias. "Es una hermosa tarea, sencilla, pero hay que prestarle mucha atención. Tanto a él como a mí nos apasiona totalmente", enfatizó su padre.

Cada fin de semana de carrera implica un ritual que arranca el día anterior. Poner el coche en condiciones, limpiarlo, alistar los cronómetros, preparar los GPS y las planillas, y recibir la carta de navegación a último momento. "A los niños hay que enseñarles cuáles son las referencias. Todas esas cosas llevan un aprendizaje que hace que la regularidad sea una escuelita de vialidad dentro del coche", agregó.

Dentro del habitáculo, el clima es de concentración total. "Generalmente se habla poco, todo es sobre la competencia. Si bien es algo divertido, lo tomamos con mucha seriedad y responsabilidad. En momento de competencia se habla únicamente de tiempos, referencias y diferencias de tiempos de paso. Es muy técnico, no se relaja hasta que no se cruza la última referencia y termina la competencia", continuó.

La previa también tiene lo suyo. "Hay una previa hermosa desde el día anterior. El momento de alistar los cronómetros y poner el coche en condiciones. Se genera un nerviosismo parecido a la concentración de alguien que está por competir en algo mucho más serio que no es un hobby. Es una tensión muy linda que con el transcurso de la competencia se empieza a liberar un poquito y se relaja en el final", cerró.

El pedido inesperado en Villa Gobernador Gálvez

Entre las historias que dejó el Chevy, hay una que Eduardo recuerda con especial cariño. Estaba detenido con el auto en Villa Gobernador Gálvez cuando un hombre empezó a correrlo desde varias cuadras atrás hasta alcanzarlo en un semáforo. Le pidió que llevara a su hija al salón de fiestas para su cumpleaños de 15.

"Yo le dije que no me dedicaba a eso, pero él me dijo: 'Ella quiere este auto, lo vio y quiere este auto'. Accedí porque el sueño de esa nena era entrar al salón con este auto. Nunca me dediqué a hacerlo, pero uno se pone en lugar de padre y poder complacer a un niño en su cumpleaños fue algo importante", puntualizó.

La experiencia terminó siendo gratificante para todos. "Nos gustó, lo disfrutamos un montón. La nena estaba superfeliz cuando vio el auto. Los padres hasta el día de hoy me siguen agradeciendo. Son cosas lindas que generan esto de los coches clásicos. Ella disfrutó, hizo todas las fotos que quiso y cumplió su sueño, que era entrar con este coche", concluyó.

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