Vivió con una familia millonaria en Brasil y durmió en una favela: el payaso que eligió Comodoro
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Vivió con una familia millonaria en Brasil y durmió en una favela: el payaso que eligió Comodoro

¿Cómo un payaso de hospital que dormía en una favela de Río terminó siendo pastor en Comodoro y con un comedor para 90 chicos? La historia de Santiago arranca en un taller y termina en el sur.

Se llama Santiago Fagnani, pero en Comodoro Rivadavia muchos lo reconocen antes por Santino, el payaso de nariz roja y maquillaje que aparece en cumpleaños, talleres y hospitales. Detrás del personaje hay un profesor de educación física, un pastor y un emprendedor que llegó al sur hace más de una década y nunca se fue.

Su historia arranca lejos de la Patagonia. Nació en Rosario y se crió en San Nicolás de los Arroyos, a unos 70 kilómetros de allí. Dice que siempre quiso dos cosas a la vez: ser docente y actuar. En su ciudad natal ese mundo era chico, así que empezó el profesorado en un instituto privado mientras hacía gimnasia deportiva. Fue en un entrenamiento donde una compañera vio sus acrobacias y lo invitó a una compañía de circo. Con la payasada se bancó parte de los estudios.

La veta artística venía de familia. Su papá era profesor de matemáticas y física; su mamá, "una luchadora que hacía de todo", fue docente de escuela de manejo y transportista escolar. "Iba a buscar a los chicos vestida de payaso; mi vieja está reloca también, un lindo personaje", recuerda entre risas.

De chico también se animó a más: a los nueve años hizo un curso de mimo con Manuel Wirtz, otro artista nacido en sus pagos. Lo dejaron cursar por su edad, aunque no le dieron el diploma.

De Ushuaia a Alaska, con nariz roja

El oficio lo llevó lejos. En 2013, junto a un amigo italiano, se propuso unir Ushuaia con Alaska como payaso de hospital. La travesía incluía capacitaciones y la formación de grupos locales en cada lugar donde paraban.

El viaje no tenía nada de mochilero improvisado: para entrar a las salas necesitaban estar impecables. "Un hospital exige entrar impoluto", explica. Recorrieron Argentina provincia por provincia, cruzaron a Brasil, pasaron por Panamá y siguieron subiendo. En San Pablo se alojaron con una de las familias más ricas del país, con auto blindado y chofer propio. En Río de Janeiro tenían un contacto en una favela y durmieron allí. También pasaron por México, Perú e Italia, país que transitó a bordo de un motorhome junto a una Fundación Oncológica Pediátrica.

Antes de instalarse definitivamente en Comodoro, Santiago vivió en la selva peruana participando en iniciativas junto a Patch Adams, el médico que inmortalizó Robin Williams en el cine. Cuando surgió la chance concreta de actuar en Rusia, algo lo frenó. "Arrugué", confiesa entre risas. Con su humor habitual admite que en ese momento "estaba para hacer un clown triste", pero eligió armar las valijas rumbo al sur.

El taller donde conoció a Ana

La conexión con Comodoro existía antes de pisarla. Una amiga nacida en la ciudad, a la que había conocido en Buenos Aires, le mostraba fotos del Farallón y del mar turquesa. "Conviví un mes con ella y amaba su ciudad; me mostraba fotos todo el tiempo, así que ya quería a Comodoro sin haberlo visto", cuenta.

En esa gira dio un taller en la ciudad y conoció a Ana, una de las participantes. Hoy es su esposa. "Estuvimos un año conociéndonos, después nos pusimos de novios y al tiempo nos casamos", sintetiza. La pareja acaba de recibir a su segunda hija.

Cuando llegó a Alaska se cruzó con los chicos de América Sin Límite, que viajaban en limusina. Pensando en qué rumbo tomar, la respuesta le salió sola: volver al sur. "Y acá estamos, desde 2015", celebra.

Fe, mate y un comedor para 90 chicos

En Comodoro, además de la risa, Santiago profundizó una búsqueda espiritual que traía desde joven. "Toda la vida fui creyente, pero cuando terminó aquel viaje sentí un vacío inexplicable y la necesidad de buscar una relación genuina con Dios", relata. No cree que conocer a Ana haya sido casualidad: sus padres eran pastores y él se sumó de lleno a esa comunidad.

Hoy es pastor del Ministerio Cristiano Vientos de Cambio, con dos sedes: una en el barrio Juan XXIII y otra sobre la calle Ameghino al 1600. Junto a Ana acompañan a más de 300 jóvenes y a un centenar y medio de familias, y están al frente de un comedor que asiste a 90 chicos.

"Todo lo que encaro lo hago para que alguien más conozca a Dios o a Jesús, porque para mí es lo más sanador del mundo", afirma. Y aclara que su manera de transmitirlo no pasa por el sermón: "Lo refleja mi sonrisa, mi forma de ser, que jamás te faltaré el respeto, que te amo como sos".

Los dones que pone en juego, dice, son los que Dios le dio: "la payasada, la yerba, la sonrisa".

La Matera y el amor por la ciudad

Además de pastor, clown de hospital y animador, Santiago es emprendedor. Hace ocho años, junto a Ana, empezó a vender yerba mate en su casa. Con el tiempo abrieron su propio local, La Matera, almacén de yerbas sobre la calle Saavedra, casi Rivadavia. "Arrancamos hace ocho años y ahí va, aguantándola lindo, pero va", dice.

Su compromiso con la ciudad se canaliza a través de la iniciativa "Comodoro es tuya: cuidala, amala y embellecela". Cada uno o dos meses salen a hacer algo por la ciudad. "Tratamos de que los vecinos mantengan su frente limpio, que no ensucien ni la maldigan, porque vemos mucho desarraigo en las nuevas generaciones. Me duele un montón cuando los chicos solo piensan en irse, y trabajamos para que esa mirada cambie", sostiene.

"Yo amo Comodoro, incluso desde antes de venirme", resume el hombre que llegó al sur como payaso de hospital y encontró en la alegría un canal para hablar de fe, contención y esperanza.

Salud mental: el frente que más lo preocupa

Santiago acepta que son tiempos complejos y, junto a su comunidad, impulsa campañas de prevención del suicidio juvenil. La Plaza 1º de Mayo, el Parque de la Ciudad y el trabajo articulado con los Centros de Promoción Barrial suelen ser los escenarios elegidos. "La excusa es siempre estar cerca de los jóvenes", repite.

"Hay muchos casos y duele, porque uno intenta acompañar pero a veces no puede evitar los desenlaces. Creo que la salud mental atraviesa un momento crítico; se nota una tolerancia muy baja a la frustración", reflexiona. Para él las causas son múltiples: las pantallas, lo que se consume visual y corporalmente, la situación económica. "Pero creemos que siempre hay una salida en Dios y para eso trabajamos: la risa, el mate y el encuentro son puentes para acercar ese mensaje".

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