Volvieron a la escuela y lo que vivieron dejó a todos sin palabras

Después de 17 días de angustia, la comunidad educativa intentó volver a la normalidad. Pero lo que encontraron al cruzar la puerta dejó a muchos sin aliento. ¿Cómo enfrentaron el regreso al lugar que marcó sus vidas para siempre?

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Volvieron a la escuela y lo que vivieron dejó a todos sin palabras

Un regreso lleno de silencios y lágrimas marcó la primera jornada tras el tiroteo que conmocionó a una comunidad educativa. Adolescentes, acompañados por sus familias y docentes, intentaron rehabitar un espacio que aún guarda los ecos de la violencia.

No fue en la puerta principal donde se encontraron. Prefirieron reunirse en el anexo del nivel superior, ubicado a 50 metros por la calle Bullo al 1400. Este edificio antiguo, con un parque y mástil al frente, se convirtió en el punto de encuentro después de que un adolescente de 15 años matara a otro de 13, hiriera a dos más y cambiara la vida de todos el lunes 30 de marzo.

Chicos y chicas llegaron acompañados de sus mamás, papás o incluso de toda la familia. La caminata desde la vereda hasta la galería de ingreso la hicieron solos, con tensión palpable. Se saludaron con amigos y profesores elegidos para acompañarlos en este paso. Hubo algunos abrazos y sonrisas, pero a las 8.35 del jueves, la emoción seguía contenida.

La lluvia finalmente paró, después de dos días de diluvio que postergó el regreso programado para el miércoles 15 de abril. El esquema para esta jornada, con actividades de 80 minutos por grupos, se mantuvo. Este era el primer turno. Los alumnos que se acercaron pertenecían a dos cursos de tercer año –de la misma edad de Gino C, el tirador– y uno de quinto. Deberían haber sido unos 90 en total; no llegaron a 30.

Alan Monzón/Rosario3. Enviado especial, desde San Cristóbal.
Alan Monzón/Rosario3. Enviado especial, desde San Cristóbal.

Un minuto de silencio que lo dice todo

Los adolescentes, maestros y coordinadores se formaron en ronda alrededor del mástil. Hicieron un minuto de silencio y comenzaron a izar la bandera de forma colectiva. Primero una alumna, después un compañero con chomba, una docente y así hasta el octavo y último, que parecía una especie de homenaje. Era Fabio, el maestro de la primaria (no es el portero) que desarmó a Gino y evitó una masacre mayor. Además de Ian Cabrera, fueron heridos dos adolescentes por los disparos y otros seis sufrieron distintas lesiones.

La ceremonia cerró con un aplauso. Entraron al anexo del nivel superior. Todo ocurrió de forma lenta y silenciosa, como si temieran romper algo.

 Alan Monzón/Rosario3. Enviado especial, desde San Cristóbal.
. Alan Monzón/Rosario3. Enviado especial, desde San Cristóbal.

Las madres que esperan afuera

Afuera, sobre la calle, se quedaron algunos padres a esperar. Recreaban la mecánica de “transición” cuando un niño empieza el jardín. Pero los motivos eran otros. Muchos chicos no quisieron regresar hoy, otros pidieron por volver y algunos se decidieron a último momento porque sus amigos lo hacían y no querían dejarlos solos. Eso último pasó con los hijos de Andrea y Virginia, dos mamás que contaron lo difícil que les resultaron estos 17 días.

Tenían los ojos brillosos de lagrimear. Virginia dijo que aquel lunes, después de salvarse de los disparos y ser uno de los últimos en salir del colegio, su hijo O. no paraba de hablar y hablar y hablar de lo ocurrido. Después, se quedó mudo y aparecieron las pesadillas. “Cuando lo fui a tapar a la noche saltó exaltado y no sabía dónde estaba”, relató.

Andrea explicó que le ofrecieron a B. cambiarse de escuela pero él no quiso. Fue compañero de Gino los dos primeros años. En tercero, en la Normal Superior Mariano Moreno se elige especialidad y los cursos se separan. Su hijo optó por Humanidades y el chico que llegó a gatillar cuatro veces una escopeta 12/70 de doble caño, que hoy está bajo tratamiento por ser menor de edad, siguió en Ciencias Naturales.

Ahora, la madre consternada repitió lo que muchos otros ya dijeron sobre el autor del ataque de la escuela: “Era tranquilo, buen alumno, deportista”. Lo repasó en tiempo pasado como si aquel niño también hubiese fallecido. Soltó una pregunta que le hizo su hijo y no supo qué responder: “¿Por qué Gino, que era bueno, nos cagó los sueños a todos?”.

Las dos se quedaron hasta que terminó esta primera actividad. Andrea estaba en moto y Virginia acordó venir con su marido en la camioneta. Y, como tenía hijos más chicos, estaba con toda la familia.

Alan Monzón/Rosario3. Enviado especial, desde San Cristóbal.
Alan Monzón/Rosario3. Enviado especial, desde San Cristóbal.

El momento más difícil: volver al lugar

A las 9, los estudiantes salieron por grupos del edificio viejo y caminaron hacia el módulo principal de la primaria y secundaria, donde ocurrió el tiroteo. Doce de tercer año con dos docentes de su confianza se detuvieron en la reja que da al patio.

Entre las 7.11 y las 7.15 de la mañana del ataque, esto era un hervidero de gritos y estallidos. Algo de eso pareció resonar en un adolescente de campera gris. Empezó a sacudir la cabeza a un lado y a otro, negando, y a llorar. La maestra se acercó y lo contuvo. Otros lo transitaron con lágrimas mínimas y algunos tomaron mates. Retomaron la charla y descomprimieron.

El próximo paso era entrar al interior de la escuela 40. El que parecía más afectado dudó.

–Ey, si no podés, no entrés –lo tranquilizó la docente.

Fueron juntos, algunos abrazados y traspasaron la puerta.

Alan Monzón/Rosario3. Enviado especial, desde San Cristóbal.
Alan Monzón/Rosario3. Enviado especial, desde San Cristóbal.

Los adultos también sufren

Las dos madres que estaban frente al anexo se trasladaron a este ingreso, el frente de la escuela 40 que vio el país. Salieron sus hijos. Se abrazaron y uno dejó escapar una angustia acumulada con un llanto libre.

Una asistente escolar que estaba adentro bajó la escalera de salida y resopló.

–Ay, Dios.

No era fácil tampoco para los adultos, que debían contener sus propios traumas. Algunas maestras, contaron las colegas de Amsafé regional, escuchan el timbre en la casa y se exaltan porque reviven el momento del inicio de clases, cuando todo ocurrió.

Ahora, faltaban minutos para las 10 y salió el sol por primera vez en dos días. Se formaron rondas. Algunos recordaron los sueños densos y otros dijeron que recién, al volver a entrar, sentían que algo les impedía atravesar la puerta.

Caminaron, rehabitaron un espacio perdido, buscaron palabras. Volvieron, de a poco, a su escuela. Empezaron una nueva etapa.

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