Volvió a su barrio después de 30 años y reveló qué dejaron los frailes irlandeses en Paraná
Se fue con los frailes irlandeses, pasó 30 años afuera y volvió a Paraná para quedarse en el barrio que lo vio nacer. Lo que encontró al regresar, y la frase con la que resume su regreso, adentro.
Miguel Céspedes es fraile dominico, paranaense, y desde abril está al frente de la parroquia San Agustín como administrador parroquial. Volvió a la ciudad después de tres décadas para devolverle a su gente lo que, dice, le regalaron: la vocación sacerdotal.
Su historia está atada a la de los dominicos irlandeses que llegaron a Paraná a fines de los años 60. Se ordenó como fraile el 27 de marzo de 2004, en la capilla San Martín de Porres del barrio Anacleto Medina. Aquella ceremonia tuvo invitados de lujo: Timoteo Mulckahy, Noel Meade y Martin Hunter, tres de los religiosos que habían iniciado el trabajo pastoral en la zona, volvieron especialmente a la ciudad para acompañarlo.
Los irlandeses que llegaron en 1967
La orden de los dominicos desembarcó en Paraná en 1967, invitada por quien era arzobispo, monseñor Adolfo Servando Tortolo. Llegaron para atender pastoralmente la parroquia San Agustín, que entonces daba sus primeros pasos, en una zona donde todo estaba por hacerse en materia de evangelización católica.
Vinieron desde Irlanda sin formación en el español de estas tierras y tuvieron que hacer un curso acelerado para manejar las palabras básicas. Sin terminar de ganarle esa batalla al idioma, un día debieron partir: fue en el verano de 2001, un año antes de que estallara la crisis social más furiosa de los últimos tiempos, que ellos siguieron a la distancia.
“Soy dominico, de esos dominicos que anduvieron por acá, por San Agustín”, se presenta Céspedes. Y aclara el vínculo: “Soy vocación de ellos, y me fui con ellos, y después de 30 años volví a Paraná porque quería, de alguna manera, devolverle a mi pueblo, a mi gente de Anacleto Medina, de Guadalupe, de Gaucho Rivera, de acá de San Agustín, lo que me regalaron, que fue esta vocación sacerdotal”.
Qué quedó de aquellos frailes
Consultado sobre la huella que dejaron los dominicos en la zona, Céspedes no duda. “Han dejado una huella muy marcada en mucha gente. Dejaron el compromiso con la gente, con el pueblo, de caminar junto al pueblo”, afirma.
Y explica de dónde viene esa forma de trabajo: “Es parte de nuestra formación como religiosos dominicos: somos frailes predicadores. Nuestra orden se llama la Orden de Predicadores, y es predicar la buena noticia, pero no con palabras sino con acciones”.
El recuerdo que quedó en el corazón de los vecinos, dice, es otro: “la presencia muy sencilla de estos hermanos frailes que caminaban el barrio”. Ese testimonio, para él, habla de que “Dios siempre se acuerda, y que Dios se acuerda de los que están más lejos”.
El único dominico en la ciudad
Céspedes es hoy el único dominico en Paraná. Obtuvo un permiso de la Orden de los Predicadores para quedarse y asumir en San Agustín. “Me dieron permiso por gracia de Dios. Creo que Dios ha estado ahí para regalarme este tiempo con mi gente”, cuenta.
“No quería seguir envejeciendo sin poder devolverle algo a las personas que me dieron a conocer a Cristo”, sostiene. Y sobre el dicho de que nadie es profeta en su tierra, marca su postura: “Yo no vengo a ser profeta, sino a ser testimonio de Cristo y de ese amor que tiene por el pueblo”.
La frase que resume su regreso es la que eligió para titular esta entrevista: “Yo no quiero tener olor a oveja, quiero tener olor a pueblo, porque me parece más explícita y concreta esa expresión. Tener olor a pueblo es estar con ese pueblo, sobre todo un pueblo sufriente”.