Vuelta a clases: el error que muchos padres cometen y que puede complicar la adaptación de los chicos
¿Creías que el llanto en la puerta de la escuela era malo? Los especialistas revelan que es una señal clave del cerebro y explican cuándo sí debería encender las alarmas. Descubre el error común de los padres que puede complicar todo el proceso de adaptación.
Con el inicio del ciclo lectivo, miles de familias argentinas enfrentan un desafío que va más allá de los útiles y los uniformes: la adaptación emocional de los niños. Un especialista advierte que el malestar, incluyendo llantos y nervios, es una parte normal y saludable del proceso, señalando que es la evidencia de que el cerebro se está ajustando al cambio. Sin embargo, la actitud de los adultos puede ser determinante para que este período sea de crecimiento o se convierta en un problema mayor.
Constanza Leszczyñski, licenciada en psicología (MN43466) y especialista en neurociencias, PNL y mindfulness, desarma un mito común. “La adaptación no es una ausencia de malestar”, afirma, y esto aplica tanto para los que ingresan al nivel inicial como a primaria o secundaria. Lo que los padres suelen interpretar como algo negativo, en realidad es el mecanismo natural de ajuste a un entorno nuevo.
Este proceso puede manifestarse de diversas maneras: desde nervios y algo de llanto hasta enojo por el fin de las vacaciones o incluso pequeñas regresiones, como que los más chicos vuelvan a la cama de sus padres. Para facilitar este ingreso a un mundo “desconocido”, muchas instituciones implementan ingresos paulatinos o semanas de ambientación previa.

¿Cuándo el llanto deja de ser normal y se convierte en una señal de alarma?
La clave, según Leszczyñski, está en la intensidad y la duración. “Cuando el malestar es intenso y sostenido en el tiempo significa que hay un síntoma”, aclara. El cuerpo “habla antes que la palabra”, por lo que hay que estar atentos a señales físicas persistentes.
Síntomas como dolor de panza a diario, vómitos, insomnio, cambios conductuales marcados como retraimiento o alteraciones en la forma de ser, o llantos prolongados y cotidianos, podrían indicar problemas en la adaptación. “Cuando el cuerpo de un niño se altera con algún síntoma y no logra regularse como lo hace habitualmente, es momento de consultar”, sostiene la psicóloga.
El primer paso ante la duda es hablar con la escuela para conocer la conducta del niño dentro del ámbito escolar, ya que a veces el malestar ocurre solo en el momento de la despedida. Si el síntoma persiste, lo más aconsejable es consultar con el pediatra de cabecera, quien podrá derivar a una orientación a padres o a un tratamiento si es necesario.
El rol del adulto: cómo nuestra ansiedad puede empeorar las cosas
En muchas ocasiones, son los propios adultos quienes, sin querer, complican el proceso. Al dejar a un hijo en la escuela, se reavivan las propias historias escolares, los miedos y a veces la culpa por la separación. “Si yo no registro mi ansiedad, la voy a transmitir en gestos, porque nuestra comunicación es 80 por ciento no verbal”, explica Leszczyñski.
Para acompañar mejor a los chicos, la especialista sugiere aprender a “autorregularse”, transmitiendo tranquilidad a través del tono de voz y la postura. Recomienda hacer despedidas breves para no prolongar la angustia, evitar la sobreprotección que nace del miedo —ya que transmitir miedo es decirle al niño que está en peligro— y, fundamentalmente, transmitirles confianza en que podrán afrontar el nuevo desafío.

Estrategias clave: el diálogo, las rutinas y el juego
Crear un espacio de intercambio al final de la jornada escolar es crucial. No se trata solo de preguntar “cómo te fue”, sino de dar herramientas para que los niños puedan compartir sus experiencias. Una estrategia efectiva es que los padres también compartan su día, modelando cómo se identifican y ponen en palabras los sentimientos.
Gilda Sabbatino, profesora de Educación Física y creadora de “Criar en Amor”, destaca la importancia del orden. “El orden externo contribuye a la calma interna”, sostiene. Ella propone rutinas visuales que transforman las obligaciones en algo lúdico, usando pictogramas y checklists que permiten a los niños ser protagonistas de su día a día. “Estamos convencidos de que el orden trae calma”, afirma.
Este método, que incluye tarjetitas con tildes que se pegan y despegan al completar una actividad (como lavarse las manos o guardar la mochila), motiva a los chicos y les brinda seguridad. Sabbatino enfatiza que “acompañar es estar de verdad para ellos”, mirándolos y preguntándoles sobre su día sin distracciones como el celular.

La mirada desde el jardín: respetar los tiempos de cada niño
María Victoria Alfieri, licenciada en Educación y experta en pedagogía Reggio Emilia, subraya que cada niño vive la adaptación de manera única. Algunos ingresan con curiosidad desde el primer día, mientras otros necesitan más tiempo para sentirse seguros.
“Lo importante es que la escuela y los padres puedan acompañar estos primeros días con paciencia, escucha y respeto por los tiempos de cada chico”, afirma Alfieri. El acompañamiento adulto se va retirando de manera gradual a medida que el niño gana confianza, siempre con sensibilidad.
La especialista ofrece recomendaciones concretas para los primeros días: respetar los tiempos sin comparar, mantener despedidas claras y tranquilas, transmitir confianza en la escuela, sostener rutinas estables en casa, mantener un diálogo cercano con los docentes y generar pequeños momentos cotidianos de encuentro, como compartir un desayuno en el jardín.
El camino, coinciden los expertos, es acompañar con paciencia, sin exigencias, confiando en la intuición y manteniendo una comunicación fluida con la institución educativa. El objetivo es que la adaptación escolar sea el inicio de una etapa de crecimiento y disfrute, y no una fuente de angustia sostenida.