El crimen que destrozó a Fito Páez: los asesinos de sus abuelas tenían un dato clave de la casa
Los asesinos de las abuelas de Fito Páez no entraron a robar a cualquier casa: sabían exactamente dónde estaba la caja fuerte. La investigación que siguió estuvo a punto de condenar a un inocente y dejó al descubierto una trama que todavía duele.
El 7 de noviembre de 1986, Fito Páez vivía el mejor momento de su carrera: esa noche tocaba por primera vez en Brasil, en el Circo Voador de Río de Janeiro. La prueba de sonido había salido perfecta, la banda sonaba ajustada y la sala estaba llena. Su novia, Fabiana Cantilo, había llegado desde Buenos Aires en medio del show, y Charly García, su amigo y maestro, subió al escenario para hacer juntos una versión de “Demoliendo hoteles”. Nadie imaginaba que esa canción tendría algo de premonitorio.
Después de la actuación, el grupo fue a comer y a tomar algo. Antes de volver al hotel, cruzaron la playa de Ipanema y se bañaron desnudos en el mar. Ya con el sol asomando, tomaron unos whiskies más antes de acostarse.
Pasado el mediodía, el teléfono de la habitación donde dormían Fito y Fabi sonó varias veces. Nadie atendía. A los llamados se sumaron golpes en la puerta. Fabi se levantó y abrió: eran Fabián Gallardo y Daniel “El Tuerto” Wirtz, dos músicos de la banda, con las caras desfiguradas por la noticia que traían. Despertaron a Fito con suavidad y le pidieron que atendiera el teléfono. Del otro lado estaba Jorge Fortunato, director artístico de EMI Argentina, la discográfica de Páez. La resaca no lo dejaba reaccionar, pero supo que algo malo pasaba.
—Fito, mataron a tus abuelas en Rosario. —¿Eh? —respondió, y siguió un largo silencio. —Las encontraron muertas en la casa de la calle Balcarce. —¿Estás seguro de que eran ellas?
No hizo falta que Fortunato respondiera. Fabi, ya enterada por Gallardo, lo abrazó. Los amigos lloraban a su lado. El ejecutivo le contó los detalles macabros que se conocían hasta el momento, para que Fito supiera que no se trataba de una confusión.
Mientras el otro hablaba, el músico colgó el auricular. Tomó un largo trago de la botella de whisky que había empezado la noche anterior y comenzó a gritar, desesperado. Después demolió la habitación. Durante horas se dedicó a terminar la botella, gritar, llorar y romper cada objeto que encontraba. Su manager, Fernando Moya, gritaba por los pasillos del hotel, también en shock.
Fito quiso saber más. Llamó a la casa de sus tíos, pero nadie atendió (después sabría que estaban lidiando con la policía). Luego llamó a la jefatura de policía de Rosario. Se presentó y exigió datos, detalles, certezas. Nadie le dijo nada, nadie creyó que era él. Cada interlocutor supuso que era un periodista que intentaba obtener información antes del cierre de la edición.
Según cuenta en sus memorias, Fito sufrió un blackout, fruto del whisky, del dolor y la desesperación. Cuando despertó, estaba en un cuarto de la casa de Ivonne de Virgilis, la brasileña que organizaba el desembarco de los rockeros argentinos en Brasil. Al pie de su cama esperaban Charly García y Zoca. Fito tomó algunos lexotanils (que serían parte fundamental de su dieta por un largo tiempo) y la dueña de casa les dijo que vieran una película. Charly rebuscó entre los VHS y eligió Purple Rain, de Prince. La vieron en silencio hasta que Charly hizo un chiste y Fito pudo reír. Luego volvió a dormir.
Moya suspendió la gira y organizó el regreso inmediato. Pero un llamado desde Rosario cambió los planes: Fito y Fabi se quedaban un tiempo más. La policía rosarina estaba desorientada y lanzaba hipótesis disparatadas buscando un culpable; hasta habían llegado a señalar a Fito. Además, la presión y el interés mediático eran constantes e insoportables. Los crímenes habían ocupado la portada de todos los diarios.
Quiénes eran las abuelas
Pepa y Belia eran hermanas. Vivían en una casa en la calle Balcarce 681 de Rosario. Tenían 80 y 76 años. Para Fito eran “las Viejas” o “las Abuelas”. Eran las dos mujeres que lo habían criado después de que su madre muriera muy poco después de que él naciera.
Su abuela era Belia, la madre de Rodolfo, su papá, quien había muerto en 1985. Pepa era su tía abuela, pero para él lo de tía sobraba: también se refería a ellas como “mis madres”. En esa época, las dos mujeres vivían solas en la casona de Balcarce luego de la muerte de Rodolfo y de que su nieto se convirtiera en una estrella de rock y se mudara a Buenos Aires.
El mediodía del crimen
Al mediodía del viernes 7 de noviembre de 1986, Pepa salió a hacer unas compras al almacén cercano. Belia quedó en la casa junto a Fermina, la mujer que iba dos veces por semana a hacer las tareas domésticas, que tenía 30 años y estaba embarazada de siete meses. Cuando tocaron el timbre, Belia abrió la puerta. Eran dos jóvenes a los que conocía: los dos plomeros que unas semanas antes habían hecho un trabajo en la casa. No habían terminado bien la reparación y habían discutido por el costo. Se supone que dijeron que habían vuelto para ver cómo había quedado y para disculparse por el mal momento.
Apenas entraron, sacaron un arma y apuntaron a la mujer mayor. La llevaron a su habitación, donde ellos sabían que tenía una caja fuerte. Fermina escuchó ruidos raros, dejó lo que estaba haciendo y se acercó. Vio a los hombres apuntando a su patrona. Gritó y trató de defenderla. Uno de los ladrones le disparó: la bala le acertó en el corazón. Fermina cayó al suelo; todavía apretaba en su mano un trapo rejilla. A Belia la tiraron sobre la cama, le pusieron una almohada sobre la cabeza y volvieron a disparar. La bala le perforó la frente.
Revisaron la casa. Tomaron un collar, una cadenita sin demasiado valor y una radiocasetera doble que Fito les había regalado a sus abuelas meses antes. No había mucho más en la casa de Balcarce. En ese momento escucharon la puerta: era Pepa que regresaba con la bolsa de las compras. Se abalanzaron sobre ella. Le preguntaron dónde estaba la plata y las joyas. La mujer se desvaneció mientras preguntaba por su hermana. Los hombres la apuñalaron decenas de veces, con saña, obnubilados. Luego dejaron el lugar con su módico botín.
El hallazgo y el primer sospechoso
Unas horas después, ya entrada la tarde, Gauna, un barrendero municipal de 34 años, pasó a buscar a su esposa Fermina como hacía cada día que ella iba a la casa de las abuelas de Fito. Tocó el timbre y nadie atendió. De afuera todo parecía igual que siempre. Fue hasta el bar de la esquina donde paraban varios conocidos para preguntar si habían visto a su esposa o a las dueñas de casa. Nadie sabía nada. Uno de los hombres se ofreció a acompañarlo. Otra vez el timbre, otra vez la falta de respuesta. El hombre tomó el picaporte y descubrió que la puerta estaba sin llave. Al entrar, escucharon la radio encendida. La lustradora seguía prendida, zumbaba monótonamente. Vieron lo que había comprado Pepa desparramado por el piso. Después, el horror.
La anciana tirada sobre un charco de sangre oscura y espesa. Gauna empezó a gritar. Solo decía el nombre de su mujer. En el cuarto encontraron muertas a Belia y a Fermina. El que había acompañado a Gauna salió corriendo hacia el bar para que algunos de sus amigos los acompañaran. Gauna salió caminando como un zombie, se sentó en el umbral y lloró con desconsuelo. Los del bar volvieron. Cuando estaban entrando a la casa, llegó la policía; había una comisaría a una cuadra. Gritaron que todos se quedaran quietos, que nadie tocara nada. Pidieron los datos de los que estaban dentro y los dejaron ir. En la vereda, Gauna seguía llorando. Le preguntaron quién era. Respondió como pudo. Los policías se miraron entre sí. Lo pusieron de pie, lo esposaron y se lo llevaron detenido.
Al día siguiente los diarios anunciaban que habían asesinado brutalmente a la abuela de Fito Páez y a otras dos mujeres. Como las noticias en esos tiempos se movían con lentitud, Fito no supo nada hasta el 8 al mediodía, cuando lo despertaron en su habitación de hotel.
Hipótesis disparatadas y una leyenda
Los investigadores estaban desorientados. Culparon a Gauna primero, después al tío de Fito, el esposo de la hermana de Rodolfo. Cuando la policía requisaba la casa, el hombre y su hijo, un primo de Fito, pegaron un grito: vieron a un policía poner un paquete con marihuana en un cajón. (No quiero empezar a pensar/ quién puso la hierba en el viejo cajón, cantó Fito después en “Ciudad de pobres corazones”). El policía trató de callarlos y ellos pidieron hablar con el jefe del operativo. El resultado fue que terminaron como sospechosos en la causa. Pensaron que tal vez se trataba de una interna familiar. Pero ni el tío de Fito ni el pobre Gauna habían tenido nada que ver. No había siquiera un indicio que los señalara. Eso resultó pésimo para los investigadores y para los medios que necesitaban mantener vivo el caso en las portadas.
Un crimen que involucraba a una celebridad, con mucha sangre y que interesaba al público, no era algo que iban a soltar solo porque no hubiera noticias fidedignas. Así que cualquier teoría disparatada o rumor llegaba a la portada de los diarios más sensacionalistas. Sostuvieron que Gauna mató a la esposa y a sus empleadoras para robarles el dinero (no explicaban qué pensaba él del embarazo de siete meses, ni de las charlas con sus compañeros sobre la ilusión de recibir a ese niño, ni los domingos y francos que se la pasó pintando la habitación y construyendo la cuna). Esa teoría duró muy poco: 36 horas después lo dejaron libre.
Después fue el turno de Fito. Un ajuste de cuentas por una deuda importante con un dealer. Las abuelas pagaron por él. La marihuana en el cajón reforzaba la teoría. Debido a ese rumor, le aconsejaron a Fito que no regresara al país. También se habló de una secta y de una venganza satánica.
Recién volvió de Brasil cuatro días después. En Ezeiza lo esperaban sus amigos Juan Carlos Baglietto y Luis Alberto Spinetta, con quien había sacado poco tiempo antes el doble La La La. Viajó de inmediato a Rosario. Con él iba Joe Stefanolo, el abogado del rock, el que había conseguido el “fallo Bazterrica” —guitarrista de Los Abuelos de la Nada— que descriminalizaba la tenencia para consumo personal. Fito había sido llamado en calidad de testigo, pero no se sabía qué podía ocurrir.
Al llegar a la dependencia donde tenía que declarar, un centenar de periodistas lo esperaba con sus flashes, grabadores y micrófonos. Fito, todo de negro, pasó por ese caminito estrecho como pudo. Le preguntaron sobre la vida de las mujeres asesinadas, la relación de ellas con Fermina, los movimientos de la casa, algún posible sospechoso. Con los años se forjó una leyenda de esa declaración —que Fito abonó en Infancia y juventud, su libro de memorias—. Se dijo que a cada pregunta respondía tocando una tecla de un pequeño sampler que decía “sí, no, no sé, no tengo la menor idea”, según el caso. Stefanolo, en Hay cosas peores que estar solo, el libro de Federico Anzardi sobre el caso y sobre la grabación de Ciudad de pobres corazones, lo desmiente basándose en el testimonio del abogado, que cuenta que Fito respondió a cada una de las preguntas formuladas. Stefanolo en algún momento debió recordarle al interrogador que Fito era un testigo, familiar de las víctimas, y no un imputado en la causa, por la virulencia de los cuestionamientos.
Después de firmar el acta, le preguntaron al abogado si él y Fito podían atender al periodismo, dar una especie de conferencia de prensa para calmar la ansiedad de la gente de prensa. Después de consultar con el músico, Stefanolo aceptó. Cuando entraron los periodistas a la sala, antes de la primera pregunta, Fito los atajó: “Ojo loco, al primer zarpe me voy. En mis recitales no aparece nadie y acá están todos”. Después habló de Lennon y su asesinato, del dolor, de la incomprensión y la perplejidad. También tuvo que escuchar cómo alguien le preguntó si consumía alucinógenos.
El disco que nació del dolor
Fito entró en un periodo muy oscuro de su vida. Tristeza, pastillas, furia y dolor. Paranoia. Eso lo canalizó a través de la música. Su primera salida de la casa fue gracias a que Fabi Cantilo lo vistió y lo empujó a ir al ensayo con Spinetta para las presentaciones de diciembre de ese año en Obras de La la la.
Después escribió y grabó Ciudad de pobres corazones, un gran y doloroso disco que empieza con una conversación entre Fito y la muerte (“Pompa Bye Bye”), contiene la que probablemente sea su más bella canción, “Ámbar Violeta”, habla del caso y de sus abuelas (“De mil novecientos veinte” y “Ciudad de pobres corazones”: En esta puta ciudad/ matan a pobres corazones), de su estado actual (“Track Track”: Ya tomé pastillas y sigo sin dormir) y termina proponiendo bailar hasta que se vaya la muerte.
El collar que resolvió el caso
El caso se enfrió en los medios y en el desconcierto policial hasta que un año después a un policía infiltrado en el mundo de la prostitución rosarino le llamó la atención un collar antiguo que lucía una chica trans. Cuando le preguntó por el origen, ella le dijo que se lo había regalado el novio. Era el collar de Belia. Después dieron con el radiograbador que Fito les había regalado a sus abuelas. No tardaron nada en dar con Walter de Giusti, un joven de 24 años que había trabajado de plomero con su hermano menor y que ahora era policía en Pueblo Esther, a 15 kilómetros de Rosario. Cuando fue detenido, confesó los crímenes de las tres mujeres de la calle Balcarce. Pero para sorpresa de los investigadores, también reconoció ser el autor de otros dos asesinatos ocurridos 15 días antes de los de las abuelas de Fito.
Muy pronto se supo que De Giusti había sido compañero de Fito en el secundario. Fito recordó que en esos tiempos, cuando en las tardes él practicaba en su piano, De Giusti se escondía detrás de una ventana para escucharlo y que a él le daba temor esa especie de hostigamiento; lo echaba hasta que el entonces adolescente le dijo que le gustaba la música y Fito lo dejó escuchar desde la vereda.
Se confirmó que De Giusti y su hermano menor habían ido a la casa de las mujeres a hacer un trabajo menor de plomería. Hubo un inconveniente porque quisieron cobrar muy caro, cuando justo llegaron Fito y su tío, que discutieron con los dos muchachos hasta llegar a un acuerdo. Con la excusa de revisar el arreglo, los dos hermanos consiguieron que Belia los dejara pasar ese mediodía fatídico.
El hermano no fue juzgado por ser menor. Walter de Giusti fue condenado a reclusión perpetua por cinco homicidios. Esa pena luego se redujo a 25 años. En 1998, después de pasar 11 años en la cárcel de Coronda, debido a que contrajo HIV el juez le permitió la prisión domiciliaria, pero muy poco después fue visto en bares y paseando por la calle, violando las condiciones de la domiciliaria. Por eso el beneficio le fue revocado y debió regresar a prisión. Murió el 12 de junio de 1998 por complicaciones del HIV.
A esa altura Fito Páez ya hacía muchos años que era una gran estrella de rock y que ostentaba el disco más vendedor de la historia de la industria nacional.