El día que el Gorila de Monza ganó bajo el diluvio y terminó estrellado contra el guardrail
¿Qué pasó cuando el Gorila de Monza cruzó la meta bajo el diluvio y soltó el volante para festejar? La escena que recorrió el mundo y el final impensado lejos de las pistas.
Vittorio Brambilla fue uno de esos pilotos que la Fórmula 1 no olvida aunque nunca haya peleado un campeonato. Italiano, corpulento, de temperamento explosivo y manos de mecánico, se ganó un lugar entre los grandes sin los recursos de las escuderías poderosas. Su historia incluye una victoria épica bajo la lluvia, un accidente que casi le cuesta la vida en su propio circuito y una muerte que nada tuvo que ver con la velocidad.
De la mecánica a la Fórmula 1
Nació el 11 de noviembre de 1937 en Monza, en el seno de una familia humilde vinculada a los motores. Su hermano mayor, Ernesto "Tino" Brambilla, fue el primero en competir, aunque sobre dos ruedas: el motociclismo. Vittorio lo siguió desde los 20 años y en 1958 se consagró campeón italiano de 175cc. Pero el dinero no abundaba y siguió trabajando como mecánico, un oficio que le permitió conocer los autos desde adentro y ganarse la vida mientras alimentaba su ambición deportiva.
A fines de los sesenta dio el salto a la Fórmula 3. En 1972 ganó el campeonato italiano de la categoría y empezó a hacerse un nombre en la Fórmula 2. La Fórmula 1 era una tentación, pero como siempre, hacían falta patrocinadores para conseguir una butaca. Cuando el respaldo llegó, debutó en el Gran Premio de Sudáfrica de 1974, a los 36 años, una edad tardía para un novato. "Nunca dejes de intentarlo, aunque llegues más tarde que los demás", respondió cuando le marcaron su veteranía.
Su equipo fue March, una escudería británica sin el presupuesto de Ferrari, Lotus o McLaren. Allí encontró un auto con el que podía lucirse, aunque también sufría limitaciones técnicas y problemas mecánicos frecuentes. Por su origen, los detectaba al instante o los presagiaba.
El apodo que lo marcó
Los medios británicos lo bautizaron "The Monza Gorilla", El Gorila de Monza. El apodo mezclaba su origen, su físico imponente, sus gestos enérgicos y su trato hosco. No tenía la imagen refinada de otros pilotos: era corpulento, de aspecto rudo y con un saludo que podía resultar intimidante. Se contaban historias sobre la fuerza de sus manos y sus apretones, de esos que dejaban al otro adolorido. Muchos lo esquivaban o lo saludaban "de lejos".
Pero el mote no debe confundir: Brambilla tenía velocidad auténtica y una habilidad especial para las condiciones difíciles. En 1975 logró la pole position en el Gran Premio de Suecia y era capaz de sorprender a los equipos más poderosos. Su estilo agresivo también lo llevaba a cometer errores y a exigir demasiado al auto. No tenía términos medios.
La victoria imposible en Austria
El 17 de agosto de 1975, en el rapidísimo circuito Österreichring, la lluvia convirtió el Gran Premio de Austria en una carrera caótica para los 26 pilotos. La pista exigía reflejos y sensibilidad para controlar un auto que podía perder adherencia en cualquier momento. Mientras otros sufrían, el italiano sacó ventaja de su destreza en esas condiciones.
En el tramo decisivo lideraba el local Niki Lauda, con Ferrari, seguido por el inglés James Hunt, con Hesketh. Brambilla, con el March-Ford 751, había largado octavo y en la vuelta 6 ya era tercero. Bajo el diluvio alcanzó y pasó a Lauda, y unos giros después superó a Hunt y sacó unos 10 segundos de diferencia. Manejaba como ninguno.
Fuera de la pista, Luca Di Montezemolo discutía con Bernie Ecclestone sobre el riesgo de seguir corriendo. Los equipos apoyaban esa postura y el mandamás de la categoría decidió terminar la carrera. Fue el primer y único triunfo de Brambilla en la Fórmula 1. Como se completó menos de la mitad del recorrido, los puntos se redujeron a la mitad: en vez de 9, recibió 4,5.
Y entonces llegó la escena que convirtió su victoria en una postal eterna. Al cruzar la meta, desbordado por la emoción, El Gorila levantó los brazos para festejar y soltó el volante. El March se descontroló, se deslizó por el asfalto y terminó golpeando contra las barreras del lado derecho, con la parte delantera dañada. La imagen del auto averiado con Brambilla todavía celebrando recorrió el mundo. "La lluvia no siempre es un enemigo", sentenció después.
El accidente en su casa
Si Austria fue su día más glorioso, el Gran Premio de Italia de 1978 fue el más dramático. El domingo 10 de septiembre, la Fórmula 1 llegó a Monza, el circuito donde Brambilla había crecido, trabajado y construido su identidad como piloto.
La largada fue un caos. Parte de los autos no había terminado de ordenarse tras la vuelta de formación cuando se dio la señal. Los coches llegaron muy juntos a la primera chicana y se desató una colisión múltiple. Entre los afectados estaba Ronnie Peterson, uno de los grandes talentos de la época. Su Lotus quedó destrozado y se incendió. James Hunt y Clay Regazzoni estuvieron entre quienes lo sacaron de las llamas. Peterson sufrió múltiples fracturas, pero estaba con vida.
Brambilla, con un Surtees, también quedó atrapado en la secuencia de impactos. Una rueda desprendida golpeó su casco y le provocó graves lesiones en la cabeza. Fue trasladado al hospital Niguarda de Milán. La escena impactó porque el italiano era uno de los pilotos más corpulentos de la parrilla: el hombre que parecía indestructible estaba gravemente herido.
La carrera se detuvo. Peterson tenía fracturas graves en las piernas y, aunque en un principio se esperaba que se recuperara, su estado se complicó. Murió el lunes 11 de septiembre de 1978 por una embolia pulmonar relacionada con las lesiones. Tenía 34 años. La muerte del sueco sacudió a la Fórmula 1. Mario Andretti se coronó campeón mundial, pero la celebración quedó opacada.
Brambilla no murió en ese accidente. Sus lesiones fueron graves, pero logró recuperarse y volver a competir. El golpe en la cabeza lo mantuvo alejado un tiempo y, a su regreso, ya no estaba en la misma posición deportiva. En 1979 se sumó a Alfa Romeo para algunas pruebas de Fórmula 1 y volvió a correr en Monza, una participación con valor simbólico. Siguió en el equipo en 1980, después de la muerte de Patrick Depailler en un accidente durante unos entrenamientos en Hockenheim. Su etapa final tuvo resultados modestos y problemas de rendimiento.
El retiro y la vida lejos de las pistas
A fines de 1980 se retiró de la Fórmula 1. Había disputado 74 grandes premios, con una victoria, una pole position y un podio. Siguió ligado a los autos, al trabajo mecánico y a su entorno en Monza. Participó en actividades del circuito, llegó a conducir el coche médico en el Gran Premio de Italia, mantuvo un taller familiar y abrió un negocio de merchandising de la Fórmula 1.
Tenía una vida social intensa, como correspondía al automovilismo de los setenta. Entre sus vínculos deportivos aparecen Lella Lombardi, Arturo Merzario y Clay Regazzoni. El periodista y expiloto italiano Nestore Morosini lo recordó como un hombre de gran corazón, bromista y con una fuerza física que podía intimidar. También mantuvo relación con Ron Dennis, quien luego fundaría McLaren y que lo recordó con afecto cuando se conoció su muerte.
Estuvo casado con Daria Cappellin y tuvo tres hijos. Dos de ellos, Carlo y Roberto, siguieron el camino de la mecánica y trabajaron en un taller. En 2017 evocaron a su padre en un reportaje de Il Cittadino di Monza e Brianza, donde conservaban recuerdos, trofeos y objetos de su trayectoria.
El final insólito
El 26 de mayo de 2001, Brambilla murió a los 63 años en su casa de Camparada di Lesmo, cerca de Monza. Estaba trabajando en el jardín, cortando el césped, cuando se desplomó. Los servicios de emergencia llegaron, pero ya había fallecido. La causa informada fue un infarto. No hay evidencia de que su muerte estuviera relacionada con el accidente de 1978.
No tuvo una carrera perfecta ni llena de triunfos, pero fue auténtico y respetado por sus colegas. "Hoy me toca a mí, mañana a otro", repetía. Una frase que aplicó a cada momento de su vida.