Miles de personas llegan cada año al refugio Jakob sin saber que su nombre pertenece a un médico alemán que revolucionó la neurociencia argentina. Un libro reconstruye su historia y revela un detalle que lo conecta con Bariloche.
Cada año, miles de personas caminan horas por los senderos de Bariloche para llegar al refugio Jakob. Pocos saben que el nombre de ese lugar recuerda a un médico alemán que cambió para siempre el estudio del cerebro en la Argentina.
El refugio General San Martín, conocido popularmente como refugio Jakob, está ubicado a 1.600 metros sobre el nivel del mar, junto a una laguna que lleva el mismo nombre. Es uno de los destinos clásicos del trekking en la región, pero la historia de Christofredo Jakob, el hombre que le dio nombre al lugar, permaneció durante décadas fuera del radar.
Ahora, un libro busca reparar esa ausencia. Se trata de Mikrokosmos, Christofredo Jakob y el inicio de la neurociencia argentina, escrito por Alejandra Molina y publicado por la Fundación Azara y la Universidad Maimónides. La obra demandó diez años de investigación, reunió alrededor de 4.500 documentos históricos y recopiló 250 trabajos científicos del médico alemán. Tuvo una primera edición en 2024 y una segunda en 2026, y fue declarada de interés cultural por las legislaturas de Río Negro, Córdoba y Mendoza.
De Baviera a Buenos Aires
Christofredo Jakob nació en 1866 en Baviera, Alemania. Allí se destacó como neuropatólogo y publicó atlas del cerebro traducidos a varios idiomas. Sin embargo, tenía dificultades para conseguir material de investigación suficiente.
El 17 de julio de 1899 llegó a Buenos Aires. Durante el viaje en barco desde Hamburgo aprovechó el tiempo para aprender español. Cuando pisó suelo argentino, ya estaba listo para empezar una nueva etapa.
En Argentina, el médico Domingo Cabred, director del entonces Hospicio de las Mercedes, buscaba un especialista que pudiera organizar un laboratorio de anatomía patológica. Jakob aceptó la propuesta que otros profesionales habían rechazado por razones económicas. Para él era la oportunidad para desarrollar sus investigaciones sobre el sistema nervioso.
El hombre que quería entender cómo pensamos
Cuando Jakob comenzó a trabajar en Buenos Aires, la medicina tenía herramientas muy diferentes de las actuales. No existían las tomografías ni las resonancias magnéticas. Para estudiar el cerebro había que observar tejidos al microscopio, realizar disecciones y dibujar cuidadosamente lo que se observaba.
En su primer año de trabajo, con un solo asistente y equipamiento básico, realizó más de 25.000 cortes histológicos y cientos de fotografías de tejidos. Vivía con su familia en una casa muy sencilla dentro del hospital y dedicaba buena parte de sus días a investigar.
No sólo quería conocer la anatomía cerebral sino comprender cómo las estructuras del sistema nervioso hacían posibles las emociones, los pensamientos y la conducta humana.
Desarrolló una técnica de disección conocida como los «Cortes de Jakob» e hizo minuciosas ilustraciones de las conexiones cerebrales. También estudió distintas especies para comprender cómo había evolucionado el cerebro a lo largo de millones de años.
En 1913 publicó, junto con el naturalista Clemente Onelli, el Atlas del cerebro de los mamíferos de la República Argentina, una obra pionera que reunió sus conocimientos de anatomía comparada y evolución del sistema nervioso.
Uno de sus aportes más importantes fue el estudio del llamado «cerebro visceral», relacionado con los mecanismos cerebrales que intervienen en las emociones. Entre 1906 y 1910 investigó las conexiones entre los órganos internos y el cerebro, y publicó sus resultados en 1911 y 1913.
Según los trabajos citados por Molina en su libro, estas investigaciones se adelantaron más de dos décadas a las del estadounidense James Papez, cuyo trabajo sobre el circuito cerebral de 1937 alcanzó reconocimiento internacional.
Jakob también investigó fósiles patagónicos, estudió el desarrollo del sistema nervioso y trabajó sobre cuestiones que décadas después cobrarían importancia en la genética y las neurociencias.
De los laboratorios a las montañas de Bariloche
La ciencia no fue su única pasión. Jakob también era un entusiasta de la naturaleza, un observador del paisaje y un explorador que encontró en la cordillera de los Andes un territorio para recorrer y estudiar.
Durante sus viajes por la región de Bariloche dibujó mapas, exploró sectores cercanos al cerro Tronador y dio nombre a picos y lagunas. Sus recorridos dejaron huellas en la geografía regional que todavía permanecen.
Una de ellas es el lago Jakob, donde se encuentra el refugio de montaña que hoy es uno de los destinos más conocidos de los senderistas. Otra es un sitio llamado «La mirada del doctor», también vinculado con sus exploraciones.
Una fotografía histórica recuperada en el libro lo muestra junto al baqueano José Crettón en ese lugar. Lejos de los microscopios y los hospitales, Christofredo recorría la cordillera junto a quienes conocían esos caminos. El contacto con la naturaleza tenía además una relación directa con el bienestar humano.
Estaba convencido de que los espacios verdes contribuían al desarrollo saludable de la vida psíquica. Esa mirada lo llevó incluso a proponer la plantación de eucaliptos en la avenida General Paz y la creación de grandes áreas verdes en Buenos Aires. Ese interés por la naturaleza también se reflejó en sus estudios sobre animales argentinos, desde el pichiciego de Cuyo hasta el yacaré del Litoral.
El refugio General San Martín, conocido popularmente como refugio Jakob, está ubicado a 1.600 metros sobre el nivel del mar, junto al lago que lleva el nombre del científico alemán. Fue Otto Meiling quien bautizó el lago en 1936, en homenaje a Christofredo.
La construcción del refugio comenzó en 1950, año del centenario de la muerte del general San Martín, de quien tomó su nombre oficial. Fue inaugurado en 1952 por el Club Andino Bariloche. En 2017, un incendio intencional lo destruyó por completo, pero fue reconstruido y reabrió sus puertas en 2018 hasta hoy.
Diez años para reconstruir una vida
La recuperación de la historia de Jakob comenzó cuando Alejandra Molina, investigadora y estudiante de la UM, encontró un texto mientras estudiaba el funcionamiento del cerebro. Le llamó la atención la importancia de sus investigaciones y descubrió que buena parte de su producción científica no había sido reunida de manera integral. Decidió entonces rearmar su trayectoria.
La investigación le llevó diez años. Molina buscó documentos en Argentina, Alemania, Italia, Grecia, Estados Unidos, Francia y España. Juntó casi 4.500 registros históricos y recopiló 250 trabajos de Jakob, entre libros y artículos.
El resultado fue Mikrokosmos, una biografía que permite conocer tanto sus descubrimientos como su manera de entender la ciencia. Para Jakob, el cerebro era un «microcosmos», una pequeña red capaz de reflejar y entender todo el universo. Molina rescata una de las frases del Jakob que resume su pasión por aprender: somos «el microcosmos que quiere devorar el macrocosmos como un Fausto».
El laboratorio donde trabajó, en el actual Hospital Borda de Buenos Aires, todavía existe, pero perdió la colección científica que daba sentido a sus instalaciones. «En otros países se conservan los laboratorios como espacios de memoria, investigación y enseñanza, aquí se deja que se deterioren», señala la autora.
Un legado que permanece
Christofredo Jakob murió el 6 de mayo de 1956, a los 89 años. Trabajó hasta sus últimos días y llegó a financiar con sus propios ahorros la publicación de Folia Neurobiológica Argentina, una de sus grandes obras científicas.
En 1982 se estableció el 17 de julio como Día del Neurocientífico Argentino, en homenaje a la fecha de su llegada al país. Su nombre quedó asociado a los comienzos de la investigación del cerebro en la Argentina, pero también a un rincón de nuestra cordillera.