El Flecha Garay jugó en Gimnasia, trabajó en la cantina del club y vivió el ascenso desde adentro. Para el clásico mendocino de este sábado dejó un mensaje que cambia la previa: no es una arenga más, y tiene que ver con cómo se vive la rivalidad en Mendoza.
Hay nombres que no aparecen en las grandes portadas, pero que sostienen la identidad de un club. Alejandro Garay, el "Flecha", es uno de ellos en Gimnasia y Esgrima de Mendoza: un zurdo veloz, de gambeta filosa, de los que encaraban hasta el córner para levantar la cabeza y mandar el centro, o enganchaban hacia adentro para cerrar la jugada.
Para muchos, Ale Garay puede sonar desconocido. Dentro del ambiente del fútbol mendocino, en cambio, su historia tiene un lugar propio. Y aunque su nombre completo es Alejandro, en las canchas siempre fue el Flecha Garay o el Chavito Comas, un apodo que nació por iniciativa de su primo hermano, Diego Bautista.
Un comienzo bien blanquinegro
Su recorrido futbolístico arrancó en un lugar muy especial: el Lobo. Allí hizo todas las divisiones inferiores, creció con los colores blanquinegros y compartió cancha con futbolistas que marcaron distintas etapas de la institución.
En esos años tuvo el privilegio de sumarse como sparring junto a referentes de peso, entre ellos Cochina Olguín, Zolorza, Quintana, Avendaño, Julio Guido Díaz —a quien hoy define como un amigo y una gran persona—, el Búfalo Funes y el Mudo Castellino.
También compartió equipos en las inferiores con Tello en el arco, Pecorari, Sosa, Guerra, Torres, Ferro, el Negro Tecla, Ontiveros, Ariel Moyano, el Cabezón García, Pepe Pérez y Marcelo Bustos, entre tantos otros nombres que siguen vivos en su memoria.
Fueron años de aprendizaje, compañerismo y crecimiento. Pero, sobre todo, de pertenencia. Vestir la blanquinegra durante tanto tiempo no fue solo jugar al fútbol: fue construir un vínculo que continuaría mucho después de dejar de ser protagonista dentro de la cancha.
Del verde césped a la cantina del club
El paso del tiempo no lo alejó de su querido Lobo. Encontró otras maneras de seguir conectado con la institución. Hasta hace poco trabajó en la cantina del club, una experiencia que le permitió conocer Gimnasia desde otra perspectiva y vivir el día a día desde adentro.
Ese lugar de encuentro le abrió las puertas a nuevas relaciones con dirigentes, allegados y, especialmente, con los hinchas. Personas que comparten una misma pasión y que entienden que Gimnasia representa mucho más que un resultado deportivo.
Desde ahí pudo seguir de cerca los momentos buenos y también los que exigieron paciencia, acompañamiento y fidelidad. Porque ser parte de un club también significa estar presente cuando las cosas no salen como uno espera.
Entre todas esas vivencias hay dos recuerdos que ocupan un espacio especial en su memoria: el viaje a Córdoba para aquella final que terminó en derrota y, tiempo después, la posibilidad de estar presente en el tan ansiado y merecido ascenso a Primera División.
La tarde del ascenso, imposible de olvidar
Hay momentos que quedan grabados para siempre en la memoria de un hincha. Para Garay, uno de ellos fue la conquista del ascenso de Gimnasia de Mendoza a la máxima categoría del fútbol argentino.
Después de tantos años de espera, esfuerzo y acompañamiento, llegó ese día que los blanquinegros soñaron durante tanto tiempo. La emoción comenzó mucho antes del pitazo final: el viaje, la previa, la ansiedad, los encuentros y los abrazos fueron armando una jornada inolvidable. Y cuando llegó el momento de celebrar, la alegría desbordó todos los límites.
Los festejos dentro del campo de juego, los abrazos interminables y la sensación de haber alcanzado un objetivo tan esperado convirtieron aquella tarde en una experiencia difícil de explicar con palabras. "¡Al fin somos de Primera!", una frase que resume años de ilusión y el sentimiento de miles de hinchas que acompañaron al Lobo en cada etapa.
El presente del Lobo y una ilusión que no se apaga
Al analizar la actualidad de Gimnasia de Mendoza, el exjugador y simpatizante se muestra conforme con el trabajo que viene realizando la institución. Considera que el equipo está haciendo una excelente tarea, logrando mantenerse en la categoría y, al mismo tiempo, sosteniendo la ambición de ir por nuevos objetivos.
«La permanencia es importante, pero la ilusión de seguir creciendo también forma parte de la identidad de un club que aprendió a luchar por sus sueños», sostiene.
Sin embargo, hay partidos que tienen un significado diferente. Y el clásico mendocino es, sin dudas, uno de ellos. Para el Flecha, el encuentro de este sábado es un partido aparte: de esos que ningún hincha quiere perderse, de esos que se viven durante toda la semana y que despiertan una ansiedad especial.
Es el momento en el que aparece ese sentimiento que se transmite de generación en generación y que se resume en una canción que tantas veces baja desde las tribunas: «Esta tarde, cueste lo que cueste, esta tarde tenemos que ganar».
Porque un clásico no es un partido más. Es historia, rivalidad, identidad y orgullo. Es una cita que tiene un lugar especial en el calendario futbolero de Mendoza y que, más allá de los protagonistas, siempre moviliza a toda la provincia.
Ale está convencido de que la victoria será blanquinegra. Lo dice con la confianza y el entusiasmo de quien siente a Gimnasia como parte de su vida. Para él, el Lobo es y será siempre el dueño del Parque.
Pero también deja un mensaje que va más allá de cualquier resultado: «somos rivales, no enemigos». El fútbol debe ser una fiesta. El clásico tiene que vivirse con pasión, con intensidad y con el folclore propio de una rivalidad histórica, pero siempre desde el respeto.
Porque los colores pueden ser diferentes, las canciones pueden enfrentarse y cada uno puede defender con orgullo su camiseta, pero nada de eso debe hacer olvidar que todos forman parte de una misma pasión.
Garay es uno de esos protagonistas que, sin necesidad de ocupar las grandes portadas, construyeron su historia alrededor de Gimnasia. Primero desde adentro de la cancha, con su velocidad y su gambeta; después, desde otros espacios del club, compartiendo momentos con dirigentes, allegados e hinchas.
Su recorrido es también el reflejo de una identidad: la de quienes sienten que el Lobo no se abandona, que los recuerdos permanecen y que cada logro se disfruta como propio. Y cuando llega el clásico, vuelve a aparecer aquel futbolista zurdo, veloz y encarador, aquel Flecha Garay que todavía lleva los colores blanquinegros en el corazón.



