Entró a la embajada tomada de Irán y le hicieron la pregunta más insólita: sobre Isabel Perón
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Entró a la embajada tomada de Irán y le hicieron la pregunta más insólita: sobre Isabel Perón

Un periodista argentino logró entrar a la embajada de Estados Unidos en Teherán en plena toma de rehenes de 1979. Lo citaron para una entrevista exclusiva con dos oficiales de la Guardia Revolucionaria. La primera pregunta que le hicieron no tenía nada que ver con Irán.

El 4 de noviembre de 1979, un grupo de estudiantes seguidores del ayatolá Ruhollah Khomeini asaltó la embajada de Estados Unidos en Teherán. Capturaron a noventa personas y retuvieron a cincuenta y dos como rehenes, en una acción que cambiaría para siempre la relación entre Occidente y el mundo islámico.

El detonante: Washington había recibido y tratado el cáncer del sha Mohammed Reza Pahlevi, expulsado del poder tras casi cuatro décadas de gobierno férreo, las últimas doce como emperador.

La toma no fue una travesura de muchachos exaltados. Los asaltantes amenazaron con matar a todos los cautivos si alguien intentaba rescatarlos. Dos días después, el primer ministro Mehdi Bazargán renunció y se recluyó en su casa. Khomeini aprovechó el vacío para quedarse con el control total del país.

Un enviado especial en el ojo del caos

Alberto Amato llegó a Teherán como enviado especial de la revista Gente, que dirigía Chiche Gelblung, junto al fotógrafo uruguayo Héctor “Tupa” Carballo. Entraron de madrugada el 24 de noviembre. En el aeropuerto ya habían visto el anticipo de la locura: centenares de personas desesperadas por salir y muy pocos dispuestos a entrar. Los mujaidines revisaban valijas en busca de alcohol y hasta amenazaron con confiscar perfumes. Los rollos fotográficos sin usar de Carballo despertaron sospechas de pornografía.

En las calles, miles de mujaidines copaban todo. El nuevo vocabulario se aprendía rápido: ayatolá, imán, yihad. De noche, bandas desatadas asaltaban los supermercados del centro y estrellaban contra el asfalto todas las botellas de alcohol que encontraban. No robaban nada más: la ley islámica es implacable con los ladrones. El primer recuerdo olfativo de Teherán era el olor a alcohol.

De la “Revolución Blanca” a la bacanal de sangre

Pahlevi había llegado al poder aliado a Estados Unidos y Gran Bretaña. Impulsó un plan de reformas llamado “Revolución Blanca”: algunas quedaron en promesas, otras se concretaron, como el voto femenino y mínimas mejoras para los sectores más bajos. También impuso cierto laicismo en una sociedad profundamente islámica y recurrió a la violencia, la persecución y la tortura de opositores.

Del petróleo, los iraníes no vieron un peso, ni siquiera cuando el precio del barril se disparó en los años 70. En Teherán, el 42% de los habitantes no tenía casa ni servicios esenciales. El imperio tenía los peores índices educativos y los más altos de mortalidad infantil de Medio Oriente.

El 16 de enero de 1979, Pahlevi marchó al exilio con su cáncer. Quince días después, Khomeini llegó a Teherán y proclamó la república islámica. Su revolución fue su gran mentira: profundizó las desigualdades y mantuvo las mazmorras y a los torturadores. Entre febrero y junio de 1979 hubo centenares de ejecuciones sumarias, fusilamientos, linchamientos y ahorcamientos. Para regular el descontrol se crearon los Guardianes de la Revolución: sesenta mil jóvenes con licencia para hacer cualquier cosa.

Pahlevi murió en El Cairo el 27 de julio de 1980, cuando la crisis de los rehenes llevaba más de diez meses.

Diez mil gargantas y una nena con un fusil

Frente a la embajada, en la avenida que había dejado de llamarse Takht-E-Jamshid para ser Ayatolá Telghani, unas diez mil personas gritaban una sola consigna: “Alá es grande y misericordioso. Y Khomeini es su única guía”. Civiles armados con fusiles G3 contenían a la multitud. Los rehenes eran exhibidos casi a diario, con los ojos vendados, atados unos a otros, caminando a tientas con las manos en el hombro del que iba adelante.

Una mañana, Amato vio algo aterrador: un cartel que decía “Mad Karter” (Carter Loco) era sostenido por una nena de dos o tres años, vestida de negro de pies a cabeza, con un fusil automático liviano de cargador completo entre las manos. El palo del cartel estaba metido en el caño. Al lado había otra criatura de la misma edad, con un chupete amarillo en la boca. La foto todavía la conserva.

Con los Guardias de la Revolución el clima era casi cordial: se sentían unidos a la Argentina por el fútbol y por Diego Maradona, que acababa de deslumbrar en el Mundial Juvenil de Japón. Pero todo podía cambiar como el viento. Una mañana las autoridades avisaron que “el pueblo iraní” marcharía al Hotel Intercontinental para asesinar a todos los corresponsales extranjeros. Los periodistas se quedaron en la recepción del hotel.

El detonante había sido un colega inglés, George Wilson, de The Guardian, que propuso tomar por asalto Qom, “retener” a Khomeini y usarlo como prenda de canje. El diario Bamdad reprodujo su artículo en farsí. Miles de personas llegaron desde Qom en trenes, autobuses y camiones fletados, muchas con pecheras que decían “Pueden matarme” o “Estoy preparado”.

La entrevista más disparatada

Una noche apareció bajo la puerta de la habitación un sobre con membrete “Iranian Islamic Republic – In the name of Allah”. Era una carta manuscrita que los citaba al día siguiente para entrevistar, dentro de la embajada, a dos oficiales de la Guardia Revolucionaria. El manager del hotel los despidió con una promesa: “Vayan tranquilos. Los espero para el almuerzo”.

Los hicieron pasar. La televisión canadiense filmaba el chequeo desde afuera. “Tupa, a lo mejor no salimos de aquí”, le dijo Amato a su fotógrafo. Salieron. Y almorzaron con el manager. Pero antes vino la charla más insólita.

En un salón presidido por una mesa cubierta con una frazada de campaña marrón los esperaban dos Guardias muy jóvenes, magros, ceñudos, de barbas ralas. No tenían más de veintitrés o veinticuatro años. En la punta de la mesa, una traductora con pantalones bajo un abrigo cuadrillé y un pañuelo en la cabeza.

Los muchachos preguntaron primero: quisieron saber el destino de Isabel Perón, entonces en manos de la dictadura militar, y el futuro del régimen argentino. Amato les dijo que eso era difícil de contestar y que ahora le tocaba a él: dónde estaban los rehenes, si podían verlos, si estaban bien. “Eso sí es difícil de contestar”, respondió el mayor. “No estamos autorizados a dar ninguna información sobre el caso”.

El reportaje había terminado. El porqué de la cita: hablar de los principios de la Revolución Islámica, del futuro de Irán, de su relación con Occidente y de la gran figura de Khomeini. Amato preguntó cuántos rehenes había. El mayor dijo cincuenta y cuatro. El más joven, cincuenta y dos. Se miraron. La traductora calló. Cada pregunta sobre los cautivos recibió una bajada de línea sobre la revolución.

Salieron amargados. En el camino Amato pateó una pelota de tenis Penn mojada por la lluvia y la guardó en el bolsillo. La televisión canadiense quiso saber si habían detectado algo sospechoso. La verdad: esos dos chicos no parecían capaces de matar a sangre fría, aunque nunca se sabe.

El secreto de Argo y el desenlace de los rehenes

Corría el rumor de que seis diplomáticos americanos habían escapado el día de la toma y estaban refugiados en la embajada de Canadá. Años después se reveló cierto y fue la base de la película Argo, de Ben Affleck, que ganó el Oscar en 2012.

El 24 de abril de 1980, Carter ordenó un operativo de rescate que terminó en desastre, con un helicóptero caído y sus ocupantes muertos. Carter perdió las elecciones ante Ronald Reagan. El 20 de enero de 1981, el día de la asunción, Estados Unidos liberó tres mil millones de dólares en activos iraníes y prometió otros cinco mil millones. Minutos después, Irán liberó a los cincuenta y dos rehenes: cuatrocientos cuarenta y cuatro días de cautiverio. Un avión argelino los llevó a Alemania, donde los recibió el expresidente Carter.

Irán profundizó su revolución, libró una guerra con Irak, financió y armó grupos guerrilleros en Medio Oriente y cobijó a Hezbollah. Su dirigencia política está involucrada en los dos atentados que sufrió la Argentina: la embajada de Israel en marzo de 1992 y la AMIA en julio de 1994. Khomeini murió en Teherán el 3 de junio de 1989, a los ochenta y seis años. Ningún Pahlevi volvió a vivir en Irán.

Casi medio siglo después, una pregunta sigue sin respuesta: qué habrá sido de aquellas dos nenas que no alzaban dos palmos del suelo, una con un fusil en las manos y la otra con un chupete amarillo en la boca.

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