La Argentina, entre los países donde más crecen los casos de anorexia y bulimia: la cifra que preocupa
El estudio global puso a la Argentina un 62% por encima del promedio mundial. Pero los especialistas apuntan a otra cosa: no es solo cuántos tienen anorexia o bulimia, sino cuántos logran tratarse.
Un estudio global publicado en JAMA Psychiatry estimó que en el país viven unas 178.203 personas con anorexia o bulimia nerviosa, una prevalencia un 62% por encima del promedio mundial. Los especialistas locales advierten que las consultas no dejan de subir y que los pacientes llegan cada vez más chicos.
La investigación la llevaron adelante científicos del Global Burden of Disease (GBD), que revisaron datos de 204 países y territorios entre 1990 y 2023, incluida la Argentina, para calcular cuánto se expandieron estos dos trastornos de la conducta alimentaria (TCA) en poco más de tres décadas.
Qué dicen los números globales
A nivel mundial, unos 18,1 millones de personas convivían con anorexia nerviosa o bulimia nerviosa en 2023. El desglose: 14,2 millones con bulimia y 3,92 millones con anorexia.
Tomados en conjunto, ambos diagnósticos crecieron un 71% en 33 años. En ese período, el 69,4% de los casos correspondió a mujeres y el 30,6% a varones. Además, el 41,2% se concentró en la franja de 10 a 24 años.
El ranking mundial de prevalencia estimada lo encabeza Australia, con 1026,5 casos cada 100.000 habitantes, escoltada por Mónaco (873,6), Irlanda (642,5), Luxemburgo (635,6), Bermudas (626,5), Finlandia (599,7), Noruega (595,5), España (574), Chipre (550) y San Marino (547,4). En el otro extremo aparecen Somalia (78,1), Burundi (84,9), República Centroafricana (88,7), República Democrática del Congo (91,8), Liberia (98), Sudán del Sur (101,1), Níger (102,4), Mozambique (102,5), Malawi (104,7) y Eritrea (106,7).
La proyección hacia 2050 tampoco es alentadora: los investigadores calculan que los afectados en el mundo pasarán de 18,1 millones a 21,8 millones, de los cuales unos 17 millones tendrán bulimia y 4,7 millones, anorexia.
El lugar de la Argentina en el mapa regional
En Sudamérica, Perú registró la mayor tasa estimada, con 468,8 casos cada 100.000 habitantes, mientras que Venezuela mostró la menor, con 257,1. La Argentina ocupa el octavo puesto entre los 12 países de la región.
Según el estudio, en el país unas 178.203 personas tenían anorexia nerviosa o bulimia nerviosa en 2023: 140.101 con bulimia y 38.327 con anorexia. La prevalencia estimada es de 366 casos por cada 100.000 habitantes, un 62,4% superior al promedio mundial, que fue de 225.
En 33 años, la cantidad de casos de ambos trastornos creció un 76,9%: la anorexia subió un 64,9% y la bulimia, un 80,5%. Las tasas ajustadas por edad, en cambio, aumentaron un 19,2%, un 16,7% y un 19,9%, respectivamente.
Una estimación, no un registro
El dato argentino no sale de un registro nacional de pacientes: es una estimación. El país no cuenta con estadísticas representativas que permitan saber cuántas personas tienen un diagnóstico de TCA ni cuántas acceden al tratamiento. Las cifras surgen de un modelo epidemiológico que combina estadísticas de mortalidad por anorexia nerviosa nacionales y de la región, literatura científica y otras fuentes internacionales estandarizadas.
Ricardo Marcelo Corral, presidente de la Asociación Argentina de Psiquiatras (AAP) y jefe de Docencia e Investigación del Hospital Borda, advierte: “La cifra se apoya en datos de la región y en variables como el nivel de ingresos, por lo que tiene un margen de incertidumbre considerable”. Para el especialista, la diferencia con el promedio mundial no demuestra que exista un riesgo individual mayor en el país.
Gisela Rotblat, jefa de la Sección de Psiquiatría del Hospital Italiano, suma otro factor: las diferencias también pueden depender de la información disponible, la detección y los modelos estadísticos.
Más consultas y pacientes cada vez más jóvenes
Más allá de cuán representativo sea el estudio, los especialistas consultados coinciden en una tendencia que preocupa: creció la demanda de tratamientos por TCA en los últimos años y llegan a consultorio pacientes más jóvenes, muchas veces niños, con cuadros más graves.
La pregunta de fondo es si hay más personas con anorexia y bulimia o si ahora se diagnostican cuadros que antes pasaban inadvertidos. Los profesionales creen que ambos fenómenos pueden coexistir, aunque faltan datos nacionales para medir el peso de cada uno.
“Lo que sí observamos en los últimos años es que hay un aumento sostenido de las consultas”, afirma Alejandra Freire, licenciada en Nutrición del Hospital de Clínicas de la UBA y especialista en trastornos alimentarios.
La psiquiatra Juana Poulisis, fellow de la Academy for Eating Disorders, coincide en que hoy hay más conciencia entre familias y profesionales, lo que favorece la detección, aunque no alcanza para explicar el aumento por completo.
El pico de inicio suele ubicarse alrededor de los 15 años, pero hoy se atienden pacientes de 11 y 12. Algunos llegan con mayor compromiso médico por demoras en el acceso a equipos especializados.
Giselle Vergara, coordinadora del equipo de trastornos alimentarios del Hospital Alemán, y Patricia Goddard, pediatra especialista en adolescencia de esa institución, observan pacientes más chicos, mayor detección entre varones y más cuadros graves que requieren internación, a veces asociados con depresión e intentos de suicidio.
Alicia Alemán, psicóloga certificada como especialista en trastornos alimentarios por la Asociación Internacional de Profesionales de Trastornos Alimenticios (Iaedp), trabaja en esta problemática desde hace 33 años. Explica que la mayor difusión permite reconocer conductas antes normalizadas y señala a la pandemia como desencadenante de nuevos cuadros.
Qué hay detrás de un trastorno alimentario
La presión estética, las redes sociales y los ideales corporales influyen, pero no son la causa única. Poulisis subraya que estas enfermedades son multifactoriales: interactúan componentes genéticos, biológicos, psicológicos, familiares, sociales y culturales. Freire agrega que la autoexigencia y la rigidez pueden asociarse con la anorexia, mientras que la ansiedad y la impulsividad pueden intervenir en la bulimia y los atracones.
El problema aparece muchas veces cuando una recomendación nutricional o una rutina deportiva deja de ser flexible y se convierte en mandato. Freire advierte que algunos pacientes interpretan la información difundida en redes como reglas obligatorias. Alemán observa que las familias a veces celebran que un adolescente coma “más saludable” o entrene sin advertir la angustia, la culpa o el aislamiento que hay detrás de esas conductas.
En los varones, la preocupación suele centrarse en aumentar la musculatura o reducir la grasa corporal. Corral señala que el ejercicio compulsivo y las restricciones pueden confundirse con disciplina deportiva, mientras que Rotblat advierte que el estereotipo de una enfermedad exclusivamente femenina retrasa las consultas.
Freire y Poulisis también observan cuadros en mujeres durante la premenopausia y la menopausia, a veces asociados con dietas restrictivas presentadas como bienestar o longevidad. Ambas alertan sobre el uso de medicamentos para adelgazar sin indicación médica.
La bulimia puede permanecer oculta durante meses o años y no siempre implica una pérdida de peso evidente. “No debemos esperar a que un adolescente esté extremadamente delgado para sospechar un trastorno alimentario. La gravedad no se mide solamente en kilos”, advierte Rotblat.
Señales de alerta y cuándo consultar
Vergara y Goddard enumeran señales generales: excusas reiteradas para evitar comidas compartidas, rechazo repentino de alimentos habituales, ayunos, reglas rígidas sobre el menú, ejercicio excesivo y conflictos durante las comidas. Freire suma rituales como comer muy lento o cortar los alimentos en porciones diminutas, ingestas a escondidas, aislamiento y angustia ante la exposición corporal.
Ninguna conducta aislada confirma un diagnóstico, pero su persistencia o combinación justifica consultar.
Las consecuencias pueden incluir desnutrición, alteraciones cardíacas y electrolíticas y problemas hormonales y óseos. En adolescentes también pueden afectar el crecimiento y la pubertad. A eso se suman ansiedad, depresión, autolesiones y riesgo suicida. Los desmayos, la pérdida rápida de peso, la deshidratación importante o las manifestaciones de riesgo suicida requieren atención urgente.
Lo que el estudio deja afuera
El trabajo solo incluye anorexia y bulimia. Quedan fuera el trastorno por atracón, el evitativo/restrictivo de la ingesta, la anorexia atípica y otros. Por eso, las 178.203 personas estimadas no representan toda la carga de los TCA. Alemán observa numerosas consultas por atracones y Poulisis advierte que esa exclusión limita la planificación sanitaria.
Equipos capacitados, pero una oferta desigual
Los profesionales reconocen que hay equipos argentinos capacitados, pero la oferta es despareja: Buenos Aires concentra los servicios especializados, mientras que numerosas provincias disponen de pocos dispositivos. Corral reclama mejorar la detección en pediatría, escuelas y atención primaria, con derivaciones oportunas.
El abordaje puede requerir nutrición, psicoterapia, psiquiatría, atención clínica y acompañamiento familiar; en algunos casos, hospital de día o internación. A los costos de los tratamientos y las dificultades de cobertura se suma su duración, que complica sostenerlos en el tiempo. La recuperación tampoco termina cuando se normaliza el peso: exige trabajar sobre la ansiedad, la autoestima, los vínculos y la relación con la comida.
“El problema en la Argentina no es solamente cuántas personas tienen un trastorno alimentario, sino cuántas pueden acceder a un tratamiento especializado y sostenerlo”, resume Rotblat.