Una remera blanca con la inscripción "Libre", una bolsita con un disfraz para Halloween y una lista de compañeros arrancada a un profesor: los objetos que la viuda de uno de los cinco rosarinos asesinados en Nueva York guardó durante nueve años, y lo que contó al reencontrarse con el recuerdo.
Hernán Mendoza, Diego Angelini, Alejandro Pagnucco, Ariel Erlij y Hernán Ferruchi murieron el 31 de octubre de 2017 en una ciclovía de Manhattan. Este sábado, en el bosque de los cipreses del parque de la arenera de Rosario, familiares y sobrevivientes los volvieron a nombrar a nueve años del atentado.
Los cinco eran exalumnos del Politécnico. Habían viajado a Nueva York para celebrarse entre amigos, en un reencuentro que habían planeado con tiempo. Tres días antes del ataque se habían sacado una foto en el aeropuerto, todos con remeras blancas con la inscripción "Libre".
El hombre que los atropelló fue Sayfullo Saipov, un uzbeko nacido en Taskent, militante de ISIS, de 29 años, con green card estadounidense. Llevaba siete años en el país, vivía en Paterson, Nueva Jersey, y estaba casado con una mujer uzbeka con quien tenía tres hijos.
Un atentado planificado al detalle
Saipov estudió el recorrido de antemano. Alquiló un vehículo y lo lanzó a toda velocidad por la ciclovía del West Side en Halloween, una fecha en la que esperaba encontrar mucha gente en la zona. Después del ataque gritó "Allahu Akbar" —"Dios es grande"—, según quedó registrado.
La Justicia estadounidense determinó que actuó inspirado por ISIS, la organización yihadista que reivindicaba una lectura extremista y violenta del islam. En el juicio, el atacante declaró que había respondido a los llamados de los dirigentes de Estado Islámico y, pese al dolor de sus familiares, se mostró conforme con lo que había hecho. La organización lo reivindicó después como uno de sus combatientes.
Para entonces, ISIS llevaba cuatro años y medio usando ese nombre. Había perdido buena parte de sus territorios en Irak y Siria, pero seguía inspirando ataques en Occidente. Su propaganda dividía el mundo entre creyentes y enemigos, presentaba la muerte de sus combatientes como un acto de trascendencia religiosa y convocaba a atentados individuales, sin necesidad de pertenecer a una célula. El miedo era su herramienta de comunicación. La Justicia consideró que el ataque de Nueva York respondió a esa modalidad: la propaganda que alentaba embestir civiles con vehículos.
El testimonio de Alejandra Sosa
Alejandra Sosa, viuda de Alejandro Pagnucco, habló con la prensa a nueve años del crimen. "Es muy raro porque uno se levanta con la sensación de que ya no está, de que ya pasaron nueve años. Y se pone a pensar todas las cosas que pasaron durante ese tiempo", contó.
"Y digo, tantas cosas que pensé que no sabía que tenía, una fortaleza interna para reconstruir todo otra vez después de tanto odio. Y se aprende día a día. Ayer me levanté con mate en mano y recorriendo el jardín y acordándome de cada rinconcito donde estaba él, con una planta, con cosas de la casa", agregó.
También recordó el día en que Saipov enfrentó a los familiares en el juicio. "Te confieso que me dio mucha pena ¿por qué una persona puede tener tanto odio? Vi a los padres de él, a su madre, llorando desconsoladamente, y estaba también su hija chiquita, y me dio mucha lástima", dijo.
"¿Por qué puede haber gente con tanta bronca y con tanta maldad? ¿Por qué destruyen cosas tan lindas por creer en no sé en qué? ¿Qué le pasó por la cabeza? No me dio ganas de ir y pegarle e insultarlo, porque tuvimos esa posibilidad y no lo hice", sostuvo.
Lo único que le dijo fue que, si quería que sus padres y sus familiares sintieran orgullo, ahí los tenía al lado, llorando. "Sentí que se había transformado en nadie, que estaba ahí arrojado, que era un pobre tipo", cerró.
La valija y el disfraz que no llegó a usar
Sosa reconstruyó también el momento previo al viaje, cuando armaba las valijas para Nueva York. "¿Qué mujer no le prepara la valija al hombre? En esa estaba yo preparando las cosas cuando Ale me dice ¿por ahí no habrá alguna peluca, algún disfraz, algo para Halloween?", relató.
"Y entonces fui y busqué, le preparé una bolsita como un nene para que el 31 salga disfrazado allá en Nueva York", siguió. En el juicio les contó la anécdota a los otros muchachos y uno de ellos la recordaba: Alejandro había sacado la bolsita y les había dicho "mirá lo que traje para el 31". "Era así, constantemente generando cosas para que los amigos se rían o estén contentos", concluyó.
Un colegio que era un templo
El Politécnico, contó Sosa, no era solo la exigencia académica. "El colegio era su iglesia. Sí, era su templo", afirmó. Y recordó un hallazgo entre papeles viejos: una lista de compañeros con puntajes académicos que Alejandro y otros habían sacado a un profesor. "Travesuras de aquel tiempo", lo definió.
Los cinco amigos se transformaron, sin buscarlo, en un símbolo. En Rosario, los cipreses del parque de la arenera guardan su recuerdo. La familia y los sobrevivientes volvieron a pedir lo mismo que aquel primer 31 de octubre: que el amor venza al odio.