Un investigador pasó más de ocho años reconstruyendo cómo un grupo de vecinos se instaló junto a la tumba de la Difunta Correa y levantó un pueblo desde cero. La historia esconde un nombre que nadie usaba al principio.
El paraje de Vallecito, en el departamento de Caucete, no se formó como la mayoría de los pueblos. Su trama urbana creció al calor de la devoción popular: un grupo de vecinos levantó sus casas junto a la tumba de la Difunta Correa y armó los primeros servicios para atender a los peregrinos. Con el correr de las décadas, hasta el centro comercial y la capilla se erigieron gracias a las donaciones de los fieles.
Esa historia fue reconstruida por el periodista, investigador y docente Cristian Rubia en su libro La Meca, fruto de más de ocho años de trabajo y recolección de datos. El autor presentó sus hallazgos en el programa San Juan en Alta Voz.
«El paraje son miles de historias que se empiezan a encontrar a través de la Difunta Correa. Es hablar del pueblo de Vallecito, de cómo un conjunto de vecinos decidió quedarse en este lugar para hacer prosperar un paraje alrededor de la tumba», explicó Rubia sobre el origen de la comunidad.
Los primeros registros de la veneración
El rastro escrito más antiguo de la devoción en el sitio aparece en 1860, cuando el periódico porteño Correo del Domingo mencionó la tumba en una crónica. Tres décadas después, en los años 1890, se produjeron dos episodios que marcaron el asentamiento.
El arriero Pedro Ceballos halló su ganado perdido en la Cuesta de las Vacas y, en agradecimiento, levantó la primera capilla de madera sobre la sepultura. Por esos mismos años, José Mercado consiguió el permiso oficial para instalar un reservorio de agua traída desde Pie de Palo: se convirtió así en el primer habitante y comerciante permanente del predio.
Las cuatro mujeres que cuidaron el santuario
Durante años, la administración del santuario estuvo en manos de cuatro vecinas del lugar: Juana Brizuela, Ninfa Mercado, Juana Salvatierra y Ramona Oliva de Maldonado. Ellas custodiaron las donaciones antes de que llegara la gestión estatal.
«Hay que descubrir a los vecinos. Hay personas que son descendientes de los primeros pobladores y le han dado mucho a este lugar. Es parte de nuestra identidad y de nuestra historia», remarcó el autor.
El sacerdote que impulsó las obras
Cuando el Estado tomó la administración del predio a través de la Fundación Cementerio Vallecito, la entidad sumó al párroco de Caucete, Ricardo Báez Laspiur. El sacerdote gestionó obras clave: el pavimento de las calles internas, la construcción de locales comerciales y la edificación del templo de Nuestra Señora del Carmen.
La última dictadura militar también dejó su huella en Vallecito. Las autoridades de facto intervinieron la fundación y prohibieron el culto a la figura popular. Frente a las inspecciones, los empleados del paraje retiraron los restos de la capilla histórica, los guardaron en un féretro cubierto con cemento y colocaron una estructura encima para evitar que fueran removidos.
De dónde salió el nombre «Deolinda»
Las investigaciones de Rubia señalan que la denominación Deolinda no aparecía en los primeros relatos orales. El nombre surgió por primera vez en la década de 1930, en una obra teatral del autor Zacarías Yanzi, versión que después difundieron el radioteatro y el cine.
Un santuario que guarda de todo
Las ofrendas que dejan los promesantes funcionan como un termómetro de distintas épocas y oficios. En el paraje se conservan cascos de trabajadores mineros, maquetas de viviendas dejadas tras los terremotos y una gran cantidad de camisetas de fútbol, entre ellas las «casacas» de Maradona y Messi, además de indumentaria de equipos europeos de básquet.